El Pueblo: Los Juegos

Si a alguno de los jóvenes de nuestros días se le preguntara por la «Calva», el «Marro», la «Barra» o la «Rota», casi seguro que, poniendo ojos de plato, te espetara: «Ni idea, tío», ignorando que todos estos juegos y otros fueron los habituales, durante años y siglos, de sus abuelos. Los tiempos cambian y cambian los juegos; ahora todos juegan y sólo entienden de fútbol, y uno no es que esté en contra de la mutación de las cosas, pero pienso que aquellos juegos que fueron parte de nuestro acervo cultural, no debieran haber caído en el olvido.

La Calva.

Sucedía que los domingos y fiestas, después de la Misa, la mocedad se reunía en la plaza –el suelo era aún de tierra–, entregándose al viril y noble juego de la calva. Se colocaba en el suelo un madero curvo de encina, y desde doce pasos de distancia los mozos, alternativamente, iban arrojando un pesado cilindro de piedra llamado «el marro». Aquel que hiciese más dianas en la calva era el ganador. A veces se cruzaban apuestas entre jugadores y espectadores.

El Calvo.

Juego sucedáneo de la calva. Se sustituía el madero curvo por un trípode de madera y el marro por un «bumerang» también de palo. Las reglas eran semejantes a las de la calva: acertar cuantas más veces el trípode. Era un juego de habilidad y destreza, pues el vuelo del bumerang siempre era imprevisible.

La Taba.

Era un juego de apuestas y, por ende, sólo y exclusivamente para mozos viejos o casados que quisieran arriesgar alguna «perra gorda». Se jugaba con los huesos del tarso de ovejas o carneros, el astrágalo. Cada cara de la taba tenía su nombre: la cara de arriba era «el rey»; la de abajo, «culo»; la parte cóncava, «panza», y la convexa, «ojete».

El Repión.

Lo jugábamos sólo los chavales. Trompo de madera al que liábamos una cuerda, reteniendo un extremo entre los dedos, lanzándolo con ligera curva al suelo. Cobraba fama de hábil aquel que más tiempo le hiciese «repionar». Otra forma era tomarlo en la palma de la mano y arrojarlo contra otro repión rival.

La Rota.

A la voz de ¡A rota que es poca!, se quedaban en medio de la plaza dos jugadores cogidos por la mano, y el resto debía romper, a base de tortazos, la tal unión sin dejarse agarrar.

La Clavija.

Formaban un círculo todos los componentes con una vara larga de fresno en la mano. Previamente, cada jugador había formado un montón de tierra a sus pies. Uno de ellos arrojaba el testigo a cualquiera del resto y éste había de golpearlo con la vara y arrojarlo a la mayor distancia posible; mientras el primero corría a recogerlo, el resto procuraba robarle el montón de tierra.

El Mortelero.

Se colocaba una gran piedra y uno de los jugadores se sentaba sobre ella. Otro hacía las veces de guardián para que el resto de los jugadores no consiguieran darle los consabidos «testarazos».

La Pelota.

Era el juego conocido en Castilla como «frontón» y que, por sabido, desisto de su descripción.

Estudios y Documentos

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