Historia de Gavilanes

La historia de Gavilanes comienza con los albores de la Humanidad, atestiguado por los continuos y abundantes descubrimientos de útiles líticos en sus campos y cerros (hachas de piedra, raederas, puntas de flecha, etc.), así como utensilios de cobre y bronce.

La Edad del Hierro está representada por diversos castros y una necrópolis con enterramientos de urnas con depósitos de adornos y armas de esta cultura. Varias villas romanas evidencian la presencia y estancia de esta civilización en nuestras tierras. Pero es a partir del año 1100 en el que el caballero serrano abulense Blasco Jimeno “el Grande” repuebla y funda los pueblos del valle del Alto Tiétar.

Ya en el siglo XIV el nombre de “Los Gavilanes” aparece en el Libro de la Montería del rey Alfonso XI. Este mismo rey encarga al caballero Gil Blázquez la reparación y repoblación del pueblo.

En el año 1393, Gavilanes se incorpora al señorío que se crea en la villa de Mombeltrán para premiar los servicios del noble Ruy Lope Dávalos, pasando en el 1438 los derechos al condestable de Castilla, D. Álvaro de Luna, hasta la ejecución del valido, recayendo esta vez la posesión en el duque de Alburquerque, D. Beltrán de la Cueva, permaneciendo en dicho estado hasta el año 1830.

Fecha clave para Gavilanes es el año 1703, en el que, a través del Pacto de la Concordia, incorpora jurisdicción propia, anexionándose la mayor parte del despoblado Las Torres.

Gavilanes es su nombre. Con una altitud de 822 metros sobre el nivel del mar, está situado en la falda sur del macizo oriental de la Sierra de Gredos, perteneciente al Sistema Carpetovetónico de la Península Ibérica. Depende administrativamente de la Junta de Castilla y León, por pertenecer a la provincia de Ávila. Partido judicial de Arenas de San Pedro. Dista de Ávila, por el Puerto de Mijares, 74 Km.; de Madrid, 102, y de Talavera, 42 Km. Geográficamente, está enclavado en la Submeseta Central y en la llamada Cuenca del Tajo.

Mapa geofísico Su emplazamiento es verdaderamente excepcional, que bien puede considerarse un gran acierto y conocimiento de la naturaleza de sus primitivos pobladores. Sus edificaciones se asientan en un gran bancal orientado de Oeste a Este y a pie de monte de la llamada Sierra de la Centenera. Por su parte Norte está cercado de montañas, con dos riscos impresionantes: el de la Curandera y el de la Guirnaldera, que cual altos vigías resguardan a nuestro pueblo de los gélidos vientos del Norte. Al Este, una gran depresión, antiguo glacial, se descuelga desde el Puerto de Mijares, sirviendo de eje a las dos vertientes la garganta del mismo nombre. Al Oeste discurre la segunda garganta, si cabe más hermosa que la anterior, que llamamos garganta de la Chorrera o de Blasco Chico, delimitada por un gran semicírculo de montañas que, en abrupto declive, desemboca en la llanura del valle. Al Sur, y en sucesivos bancales, el terreno va declinando hasta llegar a la pequeña pero fértil vega que baña el río Tiétar.

Su clima, templado y suave en invierno y fresco y aireado de dulce brisa en verano, bien podemos agradecérselo a la Naturaleza: es como un primer premio que nos cupo en suerte. Su primavera es pluviosa, cual corresponde a la zona húmeda y templada de la depresión del Tajo. Su otoño, para mí la mejor estación, aúna la deliciosa temperatura media a los melancólicos tonos verdes pálidos y ocres-rojizos, amarillentos, de los pinares, olivares, castaños y robles que en abundancia pueblan montes y praderas de nuestro pueblo. Son excelentes y muy numerosos los arroyos, y sus aguas cantan y riegan por doquier lanchales y pequeños huertos. Componen su paisaje toda la variedad de la flora y fauna, no sólo mediterránea, sino subtropical de la Península. Su orografía es áspera, pero no agria; prueba de ello es la adaptación de árboles como el limonero, naranjo, níspero, etc. Tiene el término municipal forma de chuleta o quijada, extenso en la parte norte (8 Km. de sierra) y sumamente estrecho en el Sur (apenas 1 Km. de rica vega). Gavilanes es pueblo ganadero y de agricultura de subsistencia, sin grandes parcelas de propiedad privada y pequeños minifundios de huertos y prados. Riscos y rocas graníticas en el límite norte; le siguen piornos, jarales y pinos a media ladera; pradera y huertas continúan hasta el mismo valle, alternando con olivos y frutales, para desembocar en las ricas y hondas tierras de la ribera del Tiétar.

El origen primero del marco geográfico de Gavilanes es el mismo del primitivo Gredos y de toda la Meseta Castellana. Un gigantesco bloque del viejo conjunto granítico, surgido en el último plegamiento Paleozoico, que queda convertido en una penillanura durante el Mesozoico. Es en este período cuando la Cordillera Central se rejuvenece y forma un «Horst» de extrema y pronunciada falla hacia el Sur. Un posterior hundimiento del Valle del Tiétar crea fuertes pendientes y desniveles de hasta 1.500 m. en el Puerto de Mijares, que llega a los 2.300 m. del Cabezo, acentuando la asimetría aún más de las dos vertientes Norte y Sur de la Sierra, hasta llegar a la altura media del Valle, que está entre los 250 y 350 m. a lo largo de todo el recorrido por el río del mismo nombre.

De 12 a 14 m. por encima del nivel del río se extiende una terraza fluvial que reposa sobre materiales del Terciario medio, cantos del Oligoceno.

El Valle es de creación y formación «reciente», y debe su existencia a fenómenos derivados de la evolución de las llanuras que ocupan la depresión del Tajo. Un conjunto de sedimentos terciarios rellenan, al final del Mioceno, la depresión por la que discurre el río, haciendo de colector fluvial las gargantas endorreicas que depositan sus aluviones en la llanura. Posteriormente, avanzado el Plioceno y principio del Cuaternario, todo el macizo se inclina hacia el Oeste, desarrollando una copiosa red fluvial, a la vez que una gran masa de aluviones terciarios, que habían rellenado la depresión del Tajo, se desplazan de Sur a Norte. El Tiétar se moverá libremente por esta pequeña llanura terciaria, encajándose en ella por epigea.

Es en este momento cuando aparece y comienza la protohistoria de Gavilanes. Han transcurrido ya millones de años. Nuestro Valle, cubierto entonces por un lago o mar interior, se ha ido lentamente desecando hasta convertirse en una extensa y pantanosa ciénaga donde pastan gigantescos mastodontes, diplodocus y otros herbívoros; acechando desde las pequeñas alturas o en las laderas de la montaña, monstruosos carnívoros, prestos a cazarlos y devorarlos. Todos ellos, no se sabe aún por qué causa, se extinguen en un momento dado.

Han transcurrido otros cuantos millones de años y ahora nuestro Valle y montaña los habitan ya animales más parecidos a los que hoy conocemos. El clima ha cambiado a Gredos en un inmenso y gélido glacial, sólo interrumpido por vegetación tipo sabana en el Valle. Algunos mammuth, rinocerontes de narices tabicadas, equus, elefantes, bisontes, uros, cérvidos, etc., vagan de un lado para otro en busca de pastos y comida. Desde lo alto de un cerro un ser que anda erguido sobre sus dos extremidades inferiores observa y pacientemente espera el momento oportuno para cazarlos: es el Homo sapiens.

Uno de estos bípedos, el primer «Gavilaniego» o «Gavilaniense» si nos atenemos a la terminología de los paleontólogos del que tengamos noticia, pierde o desecha por inservibles tres útiles líticos encontrados por mí en el monte «El Cerro». El primer objeto es un guijarro preparado para su utilización, es decir, metamorfoseado en «útil». Al núcleo se le ha facetado o tallado en su mitad inferior (Fig. 1) para poder ser agarrado mejor por la mano. Este útil le sirvió a nuestro primer paisano para machacar los grandes huesos de sus víctimas y comer la rica y proteica médula del interior. Los otros dos son sen- das hachas de granito a las que se les ha rebajado una banda en su parte media para mejor enmangarlas (Figs. 2 y 3).

Así que ya tenemos localizado a nuestro primer «abuelo». ¿Edad? Pues unos 17.000 años, más o menos, correspondientes a la época que la ciencia define como finales del Paleolítico Superior y concretamente Magdaleniense y su cuarta oscilación glacial.

Ahora «sólo» han pasado 8.000 años; ya estamos en tiempos «civilizados». La última era glacial se ha retirado más al Norte y sólo quedan pequeños glaciares en la sierra y en las cuencas de las gargantas. Nuestra región se cubre de frondosos bosques de robles, alcornoques, avellanos, abedules, tejos, pinos y otras coníferas. El Valle, no desecado aún del todo, es un inmenso cazadero de cérvidos, caballos, suidos, bóvidos y cápridos. Nuestros antepasados, para estas fechas, ya han conseguido domesticar varios animales, tales como carneros y cabras, pero su principal ocupación sigue siendo la caza de animales salvajes y la recolección de bayas y frutos.

En una de estas excursiones venatorias, otro «Gavilaniego» o «Gavilaniense» pierde (para mi buena suerte que lo encontraré 10.000 años después, en los Linares) una hermosa hacha de piedra pulimentada (Fig. 4). Estos paisanos nuestros del Mesolítico son bastante descuidados, pues vuelvo a hallar, ya en plena vega, dos lascas bifaces de sílex empleadas para desollar pieles (Figs. 5 y 6), un cuchillo de pedernal blanco purísimo (Fig. 7) y otra pequeña y fina hacha de cuarcita (Fig. 8).

Así, pues, aquel «abuelete» nuestro de hace 17.000 años se lo supo hacer bien y nos dejó, ya en el Neolítico, feliz y próspera descendencia. A Dios gracias, porque si no, ni vosotros ni yo estaríamos aquí contándolo.

Avanzando el segundo milenio a. de C., toda la Península Ibérica sufre una verdadera convulsión al lograr ciertos pueblos del Sur (cultura del Algar) y del Noroeste Atlántico, desarrollar una rica metalurgia del cobre. Los nuevos utensilios son ahora mucho menos pesados y más cortantes que los de la etapa anterior del Neolítico y Eneolítico, pero aun a pesar de las indudables ventajas, resultan blandos para ciertos usos.

Un gran avance se logra al mezclar cobre y estaño en ciertas proporciones. El hallazgo no puede ser más espectacular; ha nacido un nuevo metal: el bronce, que dará su nombre a toda una cultura que abarca en nuestra Península desde el año 2000 a. de C. hasta el 700 a. de C., dividida por los historiadores en Bronce Antiguo, Bronce Medio y Bronce Final.

En el anterior apartado habíamos dejado a nuestro «abuelete gavilaniense» del Eneolítico recorrer con su hacha de piedra pulimentada al hombro las serranías, montes y valles a la caza de animales salvajes. Ahora, el nuevo cazador/recolector, sin abandonar del todo sus útiles líticos, usa ya y se sirve del nuevo y revolucionario metal, el bronce, mucho más ligero, más cortante y, por ende, más eficaz para sus necesidades venatorias y guerreras.

En este momento, los antiguos habitantes del llano (mesolíticos, neolíticos y eneolíticos) se enriscan, como ya lo hicieran en el Paleolítico, para defender mejor sus cosechas y enseres, creando una próspera e incipiente cultura metalúrgica, añadiéndola a la antigua agrícola y pastoril. Y esto es así en Gavilanes, donde creo haber descubierto un pequeño hábitat en el llamado «el Cerro». De este lugar son los útiles y armas siguientes de mi colección. Una hermosa punta de lanza de bronce, nervio central muy acusado, aletas planas, tubo cónico abierto de arriba abajo con una muesca transversal para su sujeción (Fig. 1:1). Un puñal del mismo metal, foliáceo y doble filo (Fig. 1:2).

Un broncíneo brazal de arquero con dos orificios en los extremos por donde pasaría la tira de cuero que lo sujetaba al brazo (Fig. 1:3); y cuatro puntas de flecha, también de bronce, tipo palmela unas y otras con aletas con pedúnculo (Fig. 1:4 al 7), aparte de ciertas cerámicas tipo «Cogotas I».

La Edad del Hierro se inicia con la incorporación del nuevo metal, o mejor, de armas e instrumentos elaborados con el mismo al bagaje material de los pueblos protohistóricos. Dicha incorporación, no obstante, no fue simultánea en todos los lugares, y pienso que en Gavilanes, al estar situado en la meseta inferior, no llegaría la nueva corriente hasta avanzados los siglos VII o VI a. de C.

La metalurgia del hierro se iniciaría en nuestro pueblo con la explotación, bien documentada por mí, en el rico yacimiento de «la Mina», que perdurará en distintas fases y períodos durante la celtización y romanización hasta llegar a la Alta Edad Media.

Gentes nuevas, centroeuropeas de raza aria, los genéricamente llamados celtas, han ido penetrando paulatinamente y en grandes oleadas durante los siglos VIII al V a. de C. en ambas mesetas, superponiéndose a los indígenas, culturalmente más atrasados que los recién llegados. Una rama del gran árbol céltico, los Vettones, se asientan en nuestro valle. Según Estrabón, este pueblo pertenece a la gran tribu lusitana, y ya en el siglo VI a. de C. ha conseguido asentarse firmemente a ambos lados de la sierra de Gredos, parte de la meseta superior, incluido Salamanca, extendiéndose por la inferior hasta el río Tajo como frontera con los Carpetanos, Oretanos y otros varios pueblos celtíberos. Nuestros antepasados, los Vettones, son gente de la llamada cultura hallstática o campos de urnas. Sus ocupaciones son la ganadería y la guerra. Adoran a las fuerzas naturales, al Sol, la Luna, los ríos y fuentes. Sus templos están al aire libre en los claros de los bosques y las cumbres de las montañas. Sus poblados los construyen en la cima de cerros de fácil defensa. Tienen por costumbre incinerar los cadáveres, depositar las cenizas en una vasija y acompañado de sus más queridas pertenencias, armas, adornos, etc., enterrarlas bajo un pequeño túmulo de piedras y cantos.

Dos son los poblados o castros descubiertos por mí en los alrededores de Gavilanes. El primero es un hábitat bastante extenso, de casas circulares, que ocupa toda la cumbre amesetada de la Pinosa. Defendido por el Oeste por la escarpada vertiente que mira a la garganta de Mijares, creo ver por su lado Sureste los restos de una muralla que lo defendería por la única parte vulnerable. El segundo poblado, ya en nuestro término municipal, está enclavado en el ya mencionado «el Cerro». Rodeado todo él por una empalizada o muralla cubierta ahora de tierra, pero perfectamente visible en todo su perímetro. En la vertiente Sur, en la ladera de los dos montes que forman el cerro, muy cerca de una fuente romana allí existente, una excavación de extracción de arcillas y tierras para cerámicas bastas, destruyó ya hace muchos años una necrópolis de incineración.

Desparramada por todas partes se puede ver aún cerámica incisa, tipo Cogotas II, y restos de diferentes cacharros. Tengo en mi poder un precioso cuenco de carena alta y dibujos incisos de segueados, rayas y ondas. También logré recuperar un ajuar metálico de un guerrero, compuesto de espada de antenas atrofiadas, vaina, pinzas, macho y hembra de un broche de cinturón de bronce, bocado de caballo articulado y umbo de un escudo radial (Fig. 2). Todo ello fechado, por sus características, en el siglo IV a. de C.

Otro lugar habitado en estas fechas por nuestros antepasados es el denominado «la Mina», donde he recogido en superficie cerámica de labios exentos, gran cantidad de mazas de minero y un par de hachas de talón (Fig. 3).

Así pues, nuestro pueblo, enclavado en el área vettónica, tendría no sólo relaciones y contactos con los castros vecinos de su misma cultura El Raso, Ulaca, Cogotas, Osera, Sanchorreja, etc. , sino me atrevo a afirmar que también lo tendrían con otros pueblos peninsulares, muy especialmente con los del Sur, donde se trasladarían como soldados mercenarios o pastores transhumantes. Influjo reflejado en el dibujo de la placa de cinturón (Fig. 2): un nudo de Hércules de neta cultura tartésica o turdetana. Con lo cual ya tenemos en nuestro pueblo el primer «emigrante» conocido. Costumbre o necesidad transmitida hasta nuestros días; prueba de ello, un servidor de ustedes.

A mediados del siglo II, tras la batalla de Ilipa, los cartagineses son vencidos definitivamente y expulsados de España por los romanos. Estos avanzan entonces sus fronteras desde el Sur hasta la línea del río Tajo. Es por estas fechas cuando toman contacto por primera vez con la nación Vettona y, por ende, con la tribu que habita nuestra sierra y valle. Ya en el 193 a. de C. una coalición de carpetanos y vettones, al mando de su caudillo Hilerno, al intentar levantar el cerco de Toledo, es derrotada y su jefe hecho prisionero. Al año siguiente, los mismos vettones, conducidos por Púnico y aliados de los lusitanos, invaden la Bética, saqueándola y retirándose después con rico botín a la sierra. En el 155, el pretor Manilio dirige una expedición de castigo, destruyendo varios castros y devastando sus campos. No hay duda que gente de nuestra región lucharían en estas acciones, ya por sí solos o federados a carpetanos, vacceos y lusitanos. Años más tarde, durante las guerras lusitanas, vemos a nuestros antepasados los vettones integrados en la gran Confederación Lusitana, dirigida por el caudillo Viriato, que en una de sus invernadas en el valle del Tiétar es asesinado junto al «mons Venus» y enterrado en una colina plantada de olivos. A partir del 125, aplastada la sublevación y terminadas las guerras sertorianas, César obliga a los indígenas a abandonar las montañas y los instala en el llano, comenzando así la romanización. Nuestras tierras, pobres en cereales, poco o nulo interés tendrían para los nuevos amos, que se limitaron a seguir explotando el hierro y plomo de la antigua «La Mina».

En este lugar, y en un «labrado» propiedad de mi familia, existe un pequeño poblado minero con muralla aún visible limitando el camino al río Tiétar. Recogí allí hace años un capitel estilo dórico. También son de este poblado la cerámica sigillata de la Fig. 1 y un as ibérico bilingüe de la ceca Celse, así como un denario de Trajano y varios semis altoimperiales y bajoimperiales (Fig. 2).

Por toda la cima del cerro hay desparramados restos de sigillata, cerámica iberorromana, tégulas y gran cantidad de mazas de piedra de minero, que por la gran abundancia de estos útiles y la siembra de escoriales por toda su superficie me hace pensar que la explotación duraría hasta el Bajo Imperio y más.

Encontré otras monedas, éstas bajoimperiales, en el tantas veces mencionado «El Cerro», donde perduraría el hábitat vettón, ligeramente romanizado, hasta muy avanzada nuestra Era.

Dos «Villas» más tengo localizadas en Gavilanes: La primera de ellas se asienta sobre un pequeño cerro a la izquierda del camino de la Mina que baja al Tiétar, como a unos 300 m. del mismo; el labrado es propiedad de mi buen amigo Santiago Sánchez, quien me mostró una urna cineraria de plomo encontrada por obreros que procedían a limpiar de maleza la finca. Por toda la superficie se ven tégulas ímbricas, piedras labradas y cerámica.

La segunda está ubicada dentro de la explotación del vivero de la dehesa de Cantogordo, a unos 200 m. del río Tiétar y sobre una meseta con ligera elevación del cauce del río. Ramón, capataz de la explotación, me mostró un molino de mano, monedas y otros vestigios encontrados al plantar los árboles. También son notorias por todo el área: sigilata hispánica, ladrillos, cerámica y tégulas correspondientes a un asentamiento tardorromano o visigodo.

Escribiendo estas líneas, me trae Anastasio un «Antonino» hallado en el derribo de la antigua casa de José y Pedro. Aparece esta moneda romana en los escombros y revuelta con otros resellos del siglo XVI, sin contexto datable alguno, por lo que pienso que bien puede ser hallazgo casual de algún habitante de la casa que la guardó como recuerdo o antigualla. De todas formas, sería magnífico que el actual Gavilanes, ya en el siglo III, hubiese sido un asentamiento romano.

Otro vestigio romano es la pequeña calzada que, atravesando todo el término de Oeste a Este, y conocida como «El Ramal», enlazaría la calzada de Ramacastañas y Puerto del Pico con la de los Toros de Guisando. Este «Ramal», que discurre por todo el valle, se ramifica a la altura de Las Tres Cruces y, serpenteando, sube hasta el Puerto de Mijares, baja a Burgohondo y enlaza con Avila. Existen restos de un puente sobre la garganta de las Torres, en el lugar llamado Rodaja. Construido con mortero de piedras rodadas y guijarros, bien pudiera haberse realizado en época romana.

Cinco son, pues, los vestigios romanos constatados sin lugar a dudas en nuestro término: «La Mina» (2), «El Cerro», «El Ramal», Cantogordo, y uno probable: el casco del actual Gavilanes.

Los últimos años del siglo IV contemplan el desmoronamiento del viejo y caduco Imperio Romano. Pueblos jóvenes, los llamados «Bárbaros», cruzan las fronteras romanas, unas veces pacíficamente, como aliados, y otras violentamente, como enemigos, asentándose en grandes regiones del Imperio y formando nuevos reinos independientes de Roma o Constantinopla.

Uno de estos pueblos, los visigodos, oriundos de la actual Prusia, después de recorrer durante un siglo la Europa oriental, sanquean Roma y crean, con su rey Alarico al frente, un reino visigodo en el sur de Francia. Derrotados por el pueblo hermano de los Francos, son expulsados de las Galias y, pasando los Pirineos, se asientan en la Hispania, creando el reino visigodo de España, con Toledo por capital. Son invasores poco numerosos (unos 200.000), integrados en masas de guerreros y campesinos que van asentándose en las villas romanas abandonadas, principalmente en las dos mesetas centrales, tomando como eje el sistema Carpetovetónico.

Nuestro término municipal, con su rica vega y abundantes aguas, no quedó exento de uno de estos asentamientos. Justo a la izquierda de la iglesia del despoblado de Las Torres, en la parte que mira al saliente, existe una necrópolis visigoda. De este lugar son varios objetos de mi colección. Una placa de cinturón con incrustaciones o almedines de vidrio, una fíbula de puente y restos de otras varias, otro broche de bronce en forma de lengüeta estrangulada al centro y varias piezas en forma de guitarra (Fig. 3).

Estoy seguro que una excavación oficial del suelo de la iglesia descubriría en su totalidad la necrópolis. Dejo constancia aquí de ello a quien corresponda.

Después de la batalla del Guadalete (711), derrotado el rey visigodo Rodericus, los musulmanes se desparraman por la Bética, conquistando sin apenas resistencia sus principales ciudades: Córdoba, Sevilla, Elvira, Málaga, Jaén, etc. Muza Ben Nusayr ocupa, en el verano del 713, la ciudad de Talavera, una vez conquistada Mérida, donde se le une su liberto Tariq Ben Ziyad al mando de un ejército de bereberes islamizados que, bajando por la ribera del Tajo, se avista con su jefe, encuentro que según las crónicas fue bastante violento, sólo apaciguado cuando Tariq ofrece al enojado Muza, ricos presentes y cuantioso botín capturado.

Por lo tanto, es presumible que nuestra comarca viera por primera vez a los nuevos invasores aquel mismo verano del 713, pues ambos jefes, combinando sus fuerzas, parten en pleno invierno a la conquista de Avila, Salamanca, Alba de Tormes y otras plazas. Las crónicas narran que «cruzaron los puertos», pasos que no pueden ser otros que los puertos de Mijares, del Pico, del Verraco y Arrebatacapas.

Unos cuarenta años después de estos sucesos, la frontera musulmana, perdidos los territorios al norte del Duero, se establece en la falda sur de Gredos, encuadrada en al-Andalus y en la cora o provincia de Esch Scharran, ya durante el emirato de Abd al-Rahman I (755-788).

Nuestras tierras son repobladas en estos años por tribus bereberes norteafricanas de Nafza y Aylana, que ocuparían la fértil vega, creando una feraz y próspera industria hortelana de frutales y regadíos, atestiguado por los restos de varios molinos y almazaras hidráulicos de aquella época. Tengo localizados al menos dos de ellos: uno, de grandes dimensiones, cerca de la talfera de Marcial, donde hace cuarenta años aproximadamente, al extraer una de las muelas cónicas, sucedió el lamentable accidente que provocó la muerte del padre (q.e.p.d.) de José y Lauri; el segundo está localizado a unos 200 metros aguas arriba de la garganta de las Torres, en plenas huertas de la Ribera.

Parte de los nuevos colonos ocuparían los lugares habitados por la población hispano-romano-visigoda en la falda de la sierra, dedicándose al pastoreo y ganadería. En los inicios de la conquista, es probable que los nuevos invasores convivieran en paz con la antigua comunidad cristiana e incluso que ésta los aceptara como liberadores del pesado yugo visigodo. No hay duda que, ya solos o mezclados, habitaron el antiguo asentamiento de Las Torres, atestiguado por el hallazgo de dos monedas árabes y una cazuela con pintura verde del estilo califal.

Es por estas fechas cuando aparece por primera vez el topónimo de Gavilanes. Según don Jaime Oliver Asín, En torno a los orígenes de Castilla, su relación con los árabes y los bereberes, MCMLXXIV, pág. 71, dice: «Gavilanes puede ser un derivado gentilicio de los terminados en as, esu os, que proceden de nombres de tribus como Ailanes, los de la tribu de Aylana, pertenecientes a la confederación de los Masmüda.»

Bien pudiera ser éste el viejo nombre de nuestro pueblo (no olvidemos que esta región fue repoblada y conquistada por las tribus de Nafza y Aylana) desde el comienzo de la invasión árabe.

Juan Corominas, en su Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, dice: «Gavilanes, del germánico Gavi = nombre propio y Lans = genitivo de lugar.» Por lo tanto, traduciremos: GAVILANES = Del lugar de Gavi. (Gavi, dice ser nombre germánico-visigodo usado por mozárabes en época musulmana.)

Así pues, cualquiera de las dos acepciones, la bereber o visigoda, para mí son completamente válidas y aceptables como el origen del topónimo Gavilanes. Su fundación con datos históricos fehacientes, tengo que confesar que hasta el siglo XIV no aparece ninguno, y es el primero en el famoso Libro de la Montería, del rey Alfonso XI, que narrando sus correrías venatorias por Gredos, dice: «La Pinosa de las Torres et los Gavilanes et la Centenera et el Encinar de Velasco Chico, es todo un monte et es bueno de oso en invierno et en verano.» (Volveré a hablar más detenidamente de este libro en apartados sucesivos.) También don Luis Pérez Martínez, que fue abogado de los Reales Consejos y corregidor de las cinco villas, escribe: «El lugar de Gavilanes es más antiguo que Pedro Bernardo y Mijares», y si Pedro Bernardo o Nava La Solana se repuebla en el 1140, ello quiere decir que nuestro pueblo ya existía como lugar antes de aquella fecha. Así, pues, desde el 713, en que hipotéticamente se fundara o repoblara Gavilanes, hasta el 1100, ya en plena reconquista cristiana, hay un gran vacío de casi tres siglos en los que la vida en nuestro pueblo es pura hipótesis histórica que sólo podría sacarnos de ella la arqueología. Siglos en los que nuestros antepasados verían pasar o tal vez fueran protagonistas de las algaradas islámicas que, a través del puerto de Mijares, raziaron los territorios cristianos del Norte, o a partir del siglo IX, los ejércitos leoneses invadir las tierras toledanas.

Dicen las crónicas que durante estos siglos (IX y X) el Sistema Central es tierra de nadie, y ante las frecuentes incursiones de uno y otro bando, musulmanes y cristianos, queda completamente despoblado. Yo dudo que en tan largo período de tiempo, toda nuestra comarca estuviera vacía y me inclino a afirmar que nuestra sierra y valle estuvieron en estos siglos habitados y bien habitados, aunque tal vez sólo por pastores y ganaderos, porque si no, ¿a qué viene que en el año 1100, ante la imposibilidad de desalojar a los musulmanes de estos riscos, los cristianos toman la «sublime decisión» de incendiar por sus cuatro costados la sierra, hecho que se recuerda como «la gran Quema»?; porque si no estaba habitada, como afirman los cronistas, ¿a quién querían achicharrar en ella… ? ¿A los lobos, zorros y osos? Lo dudo. ¡Pues vaya «cremá» para tan poca cosa! O como decimos en mi pueblo, «Mucho ruido para tan pocas nueces».

En el apartado anterior dejamos a toda nuestra comarca como «tierra de nadie», que no despoblada, según vimos, en los albores del siglo IX. Ávila y todas sus tierras al norte de la sierra fue arrebatada a los árabes, por primera vez, por el rey leonés Alfonso I en el 742, siendo abandonada inmediatamente y ocupada por Abd al Rahaman I en el año 767. Otra vez conquistada por contingentes cristianos en el 810, le sigue la ocupación de Abd al Rahaman II en el 832, que deja como gobernador de la plaza a su general Muza Abentazin. Alfonso III la recupera en el 866, para perderla en el primer cuarto del siglo x, tras la derrota de Valdejunquera, Ordoño II.

Almanzor la ocupa hacia el 994, reteniéndola hasta su muerte en el 1002. Fernando I la recuperará definitivamente para la causa cristiana en el 1063, pero no es hasta el reinado de Alfonso VI, a partir del 1078, que cobra protagonismo de primer orden como avanzadilla y plaza fuerte para la conquista de Toledo capital y todo su reino, hecho celebrado como acontecimiento histórico por toda la cristiandad en el año de 1085.

La repoblación cristiana.

Ávila capital se repuebla con gentes de varios y diversos orígenes. Las fechas de arribada de los distintos contingentes se han datado de forma muy aproximada. Los procedentes de las Cinco Villas, Covaleda y Lara, entre 1087 y 1089. Los del Alto Ebro, norte de Burgos, Álava, La Rioja y Vasconia, en el 1092. Entre estos repobladores de origen vasco, serían los Zorraquines, «Ximenos» y Velascos.

En el relato que se atribuye al obispo Don Pelayo de Oviedo se alude en varias secuencias a la aportación vascongada. Narra cómo «Fortún Blazquez, uiajaua de Vizcaya, con Menga Muñoz a tres fijas de gran veldad, Menga Muñoz, e otra Amuña e Ximena con tres fijos: Nalvillos Blazquez, Ximén Blazquez e “Blasco Ximeno” e uiajauan con gran compaña».

Así pues, ya tenemos por primera vez el nombre, origen y genealogía de un caballero repoblador llamado Blasco Ximeno.

A las gentes del norte hay que añadir los reductos de mozárabes que huían de las persecuciones del Al-Andalus. Cianca nos dice que «Vinieron los q. antes auian bivido y habitado la ciutad de Avila, antes que moros la entrasen». Se concerta que estos grupos o núcleos de mozárabes se asientan en los aledaños de la serranía de Gredos, sin traspasar ésta y principalmente en el valle del Tiétar.

El Concejo de Ávila está acaparado desde un principio por dos cuadrillas de caballeros «serranos» que ejercen oligárquicamente el ejercicio del poder político: la de Blasco Jimeno y la de Esteban Domingo, cuadrillas que con el paso del tiempo se verían incrementadas con la de los Ruanos.

D. Carmelo Luis López, en Documentación Medieval, de los Archivos Municipales de La Adrada, Candeleda, Higuera de las Dueñas, y Sotillo de la Adrada, describe magistralmente el proceso de creación del amplio alfoz de Avila a finales del siglo XII. En cuanto a lo que a nuestra comarca concierne, escribe que después de la conquista de Talavera en el 1109 por los musulmanes, el peligro en toda la zona vuelve a acentuarse hasta la recuperación de la ciudad por los cristianos en fecha no posterior al año 1113, en la que renacen nuevos núcleos de repoblación, como Anaciados, La Adrada, Guademora, Sant Román y El Colmenar (Mombeltrán), pero es a partir de estas fechas cuando se consigue definitivamente para toda la Edad Media el alfoz abulense, desempeñando sus milicias, y al frente de ellas los caballeros «populatores», extraordinario papel en las sucesivas incursiones guerreras hacia el al-Alandalus en sus continuas luchas contra los almohades.

La Crónica de la repoblación de Ávila nos muestra dos tipos de caballeros «populatores»: Los «serranos» o elemento militar, repobladores distinguidos, dedicados a la defensa militar y especialmente a la guarda de las sierras colindantes y sus pasos, y a los «ruanos» o elemento artesanal y comercial.

A uno de estos caballeros «serranos», Blasco Ximeno el Grande, y a su hijo, Blasco Ximeno el Chico, les encomienda el rey Alfonso la repoblación de toda nuestra comarca en el año de 1110. Conviene recordar que Blasco Ximeno el Grande murió en el 1120, asesinado por los ballesteros del rey aragonés Alfonso I en el pueblo de Cantiveros, cuando nuestro héroe, que a la sazón era gobernador de Ávila, retó a duelo al rey aragonés para vengar la muerte de los nobles y caballeros abulenses entregados como rehenes al citado monarca para asegurar la existencia y libertad del Rey Niño. El monarca aragonés nada quiso saber de duelos de honor y, sin más, ordenó a sus soldados que flecharan a Blasco Ximeno. Todavía, una cruz y lápida recuerda al caminante el sitio exacto de este hecho, conocido como el «Reto de Cantiveros».

Así pues, ya tenemos unos nombres: Blasco Ximeno «el Grande» y su hijo Blasco Ximeno «el Chico», y una fecha, 1110, con plena garantía histórica de la repoblación, que no fundación, de nuestro pueblo. Martín Romero expone en su trabajo crítico-histórico (1899), recogiendo noticias de fray Diego de Jesús en su Relación histórica escrita en el siglo XVI, que el rey Alfonso XI encargó al caballero «serrano» Gil Blázquez que reparara y repoblara las llamadas Navas de Ávila.

Dice así textualmente fray Diego en el primer capítulo de la referida historia:

«Por el señor Rey D. Alfonso el Onceno le fué dada é donada comisión al muy noble y leal caballero Gil Blazquez, para que fundase é repoblase las Navas de Avila, é lo fizo ansí, dando principio por la reparación de Nava-morcuende, que antes habian poblado Blasco Ximeno el Grande e Blasco Ximeno el Chico, é por venir a menos el dicho lugar de Navamorcuende le fué dada dicha comisión al dicho Gil Blazquez para que la reparase é pusiese a una buena guisa, é ansí lo fizo, según consta de la historia intitulada Familia é Quadrilla de Blasco Ximeno. E después de haber reparado el lugar de Navamorcuende, el muy noble y leal caballero Gil Blazquez, le reparo é pasó continuando é haciendo la población de otras navas el dicho caballero Gil Blazquez, é vino a poblar é pobló el lugar de Nava la Solana (el actual Pedrobernardo), lugar que se hallaba arruinado de la primera población que fizo el noble caballero Blasco Ximeno el Grande y su fijo Blasco Ximeno el Chico.»

Y continúa el P. Fray Diego de Jesús en los capítulos 3.º y 4.º:

«E despues de reparado el lugar de Nava-morcuende, pasé al lugar de Nava la Solana (Pedrobernardo), está de cumbres abajo hacia el rio Tiétar a distancia de siete leguas de Nava-morcuende de este lado del Tiétar hancia las cumbres, é le hallé muy malo, é le remendé é le compuse sus casas hasta el número de sesenta é porque con cuarenta me paresció se podia perder, é non tenian al principio que lo fizo Blasco el Chico más que veinte é una casas, é me mandó el Señor Rey en su Orden e Real Provisión que me donó e dió para ello, que fondase lo logares firmes e que pudieran subsistir e permanecer. E ansí lo fice e fice una ermita e puse en ella a la Sra. Santa Ana, é truge un fraile menor de la nueva religión del Santo Francisco para que dijese misa e confesase a los fieles, é ficiese lo demás necesario a Dios e a los vecinos e me mantuve mucho tiempo en el dicho lugar de Nava la Solana porque era buen sitio, e de buena salud e de buenas gentes e de buenas familias que llevé de Avila e tuve algunos heredamientos para mí e para mis ganados. E en aquel no habia más logares de cumbres abajo hancia el rio Tiétar que el logar de Navamorcuende del dicho río allá é del dicho río hancia acá estaban los logares de La Adrada é de los Colmenares é de las Torres é de los Gavilanes… que todas eran aldeas de Avila.»

Por lo transcrito podemos asegurar que Gavilanes fue fundado por Blasco Ximeno el Chico entre los años 1130 a 1140 y posteriormente repoblado en el 1350 por el caballero Gil Blázquez. ¡Lo que son las cosas! Gavilanes, fundado por dos caballeros vascos, padre e hijo, Blasco Ximeno el Grande y Blasco Ximeno el Chico.

FAMILIA Y QUADRILLA DE BLASCO XIMENO

Como curiosidad histórica damos a conocer el escudo de armas de la familia y cuadrilla de Blasco Ximeno, fundador de nuestro pueblo:

SEIS ROELES AZUR SOBRE CAMPO DE ORO

Sobre su origen y significado, leemos en la Historia de las grandezas de la Ciudad de Ávila, del P. Fray Luys de Ariz (1607), y en Un obispo postridentino: D. Sancho Dávila y Toledo, de F. Candel Crespo: «En la casa de avamorcuende se mantuvo muchos años el patrimonio de Ximenez y en la de Villafranca el de Muñoz; seis roeles azules en campo de oro son las armas de la una y trece trae la otra. Dícese que comian o merendaban un dia con el Rey de Castilla, sirvieron un plato de frusuelos o buñuelos, el de la familia de los Ximenos no tan aficionado a ellos comió seis, el de Villafranca trece, y como al dia siguiente hobieren de pelear con los moros dixo el Rey: “Cuidado que tantos moros aveis de matar como buñuelos aveis comido.” Y lo icieron y por esto tenian y llevan este escudo.»

Que el binomio «Las Torres/Gavilanes» siguió funcionando durante todo el sigloXII, es un hecho indudable, aunque no esté constatado históricamente.

Tengo en mi colección un dinero de Alfonso VII y un óbolo de vellón de Alonso X, encontrado por mi esposa en los alrededores de Las Torres (Fig. l), prueba de que los dos pueblos en estos siglos seguirían repoblándose y creciendo. Por tanto, creo que desde su fundación en el año 1140 hasta que otra vez vuelve a aparecer la referencia «Gavilanes» en algún documento, nuestras gentes se asentarían y echarían raíces en sus nuevos asentamientos e indudablemente vivirían todos los acontecimientos de la Reconquista cristiana al sur del Tajo encuadrados en las mesnadas de los caballeros «serranos» de Avila.

Narra el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada, en su obra De Rebus Hispaniae, Libro VIII, «De la batalla de Uceda o de las Navas de Tolosa» (año 1212), que entre las huestes que acuden a socorrer al rey don Alfonso viene a la cabeza de ellas el obispo de Ávila don Pedro; huestes «serranas» las llama la crónica. Encuadradas en la vanguardia del ejército cristiano, mandada por don Diego López de Haro, señor de Vizcaya, pide y obtiene el honor de ser los primeros en acometer al enemigo. Dice: … «los agarenos, casi inmóviles en su puesto, comenzaron a rechazar a los primeros serranos que subían por lugares bastante difíciles a hacerlo en multitud…», etc.

Más clara y crítica es la narración del obispo francés Arnau Aymerich. Dice: «Fueron pues los nuestros siguiendo el alcance de los moros que huían y habiendo bajado al valle que está a la otra parte del cerro se detuvieron allí porque estaba cerca un escuadrón muy fuerte de moros con el Miramamolin, según se decía, y tocando con grande estruendo los moros los instrumentos que los españoles llaman tambores, no sólo se detuvieron resistiendo a los nuestros, sino que también los acometieron con tal valor, que hicieron huir a los serranos, que es cierta nación del reino de Castilla, tanto a los de a caballo como a los de a pie…». Seguro que en esta gloriosa acción, algún abuelo nuestro vio, más cerca de lo que quisiera, la negra jeta de algún almohade.

…Y no sólo intervendrían en las Navas, sino es seguro que estarían presentes en todas aquellas acciones protagonizadas por los sucesivos Alfonso VII, VIII, Enrique I, Fernando III y Alfonso X. Pero no es que el topónimo de Gavilanes vuelve a aparecer con pelos y señales hasta el reinado de Alfonso XI, principios del XIV, en esa joya venatoria, escrita y protagonizadas por el mismo monarca en persona. El rey describe, en los ocho primeros capítulos, varios y diversos lances de caza mayor por los montes de España, dedicando todo el capítulo IX a narrar la caza del oso en la sierra de Gredos y una montería de este animal concretamente en nuestra comarca.

Al alejarse la frontera del Tajo al sur de Despeñaperros, Ávila y su alfoz dejan de tener la gran importancia que protagonizaran en los siglos anteriores como «territorio de frontera», con las consecuencias y problemas que de ello se derivan. En consecuencia, toda nuestra comarca queda ya lejos del «espíritu de reconquista» que durante los siglos XI, XII y XIII había impregnado a toda su gente; consecuencia de ello es que nuestro pueblo, como tantos otros en nuestro valle, se dedicaría a poner en marcha los cultivos que poco a poco y con gran esfuerzo irían robando al monte, a acrecentar y cuidar la siempre próspera ganadería, abrir sendas y caminos que comunicasen con las aldeas vecinas, y en fin, lejos ya del peligro musulmán, a llevar una vida tranquila y relajada, sólo alterada por los pequeños y cotidianos problemas de su economía y subsistencia.

Mucho debió haber caído la vida en nuestros pueblos en el siglo XIV cuando Alfonso XI encarga al caballero «serrano» Gil Blázquez la reparación y repoblamiento de Nava la Solana, Navamorcuende, Las Torres y nuestro mismo Gavilanes…, «pasando en este mismo año 1330, a fundar é poblar las demás Navas de Ávila: Nava la Cruz, Mava el Moral, Nava Losa é otras fundasiones é reparaciones del dicho caballero Blasco el Grande é el Chico, entendida en aquellos tiempos é aún agora con el nombre de Navas de Ávila» (P. Fray Diego de Jesús, siglo XVI).

Narra el mismo fraile en su obra citada que por los años 1399, llegó a nuestra comarca el caballero abulense D. Juan Dávila y vivió durante veinte años en el vecino Nava la Solana (Pedro Bernardo), «é que tenia en el dicho lugar de Los Gavilanes la dehesa de Blasco Chico con su chorrera é que trajo muchos homes buenos en su compañía é en su servicio, que las familias que trujo fueron los Blázquez, Fernández, Díaz, González, Muñoz, Sánchez é otras, todas de esclarecidos linajes de Ávila».

Narrando pormenores, como el traje que vestían: «que su vestido é trage de usanza es de paño é calzas atacadas é que otras veces usa la golilla é que los demás homes buenos tambien las gastaban ansina; que las mugeres gastaban sayas largas é valonas en el cuello é tocas en la cabeza é trenzas en el pelo é otras cosas semejantes, é los homes, capas cortas de paño é zapatos con lazos é también gastaron después capas más largas é valonas en el cuello, é las mugeres jubones é sayas é mantillas todo de paño é calzas blancas é porque lo que llevo dicho en este parrafo lo alcamcé yo el autor é aún de presente sucede mucho de ello ansi, é que como toda esta región es muy alegre, de buen temperamento para la salud é de buenas aguas é buenos pastos dió motivo a que la población se aumentase é fuese creciendo cada dia más y más como tenia muchas gentes é muchos ganados, se aplicaron a hacer muchos heredamientos de prados é como estos iban en aumento vinieron muchos homes montañeses de las montañas de León a segar la yerba de los prados con las guadañas, é con este motivo frecuentaron su venida todos los años é algunos se quedaron de asiento sin volver a sus tierras. Sábese de cierto que las primeras familias que vinieron de los montañese fueron los Mansos, Arcos, Sierras, Rodríguez, Varderas é otras, é que éstas, unidas con las de los pobladores del lugar vinieron muchos añios é hicieron muchos heredamientos é les pusieron sus nombres para perpetuar memoria.»

Hasta aquí la narración del P. Fray Diego de Jesús, transcrita por el historiador D. Martín Romero, P.O.C., que abarca noticias de todo el siglo XIV en nuestra región.

En el próximo apartado trataremos de analizar el intenso proceso de señorialización del alfoz de Ávila, proceso que viene arrastrando ya desde la segunda mitad del siglo XIII, todo el XIV, para culminar definitivamente en el XV. Nuestra comarca, y sigo al profesor D. Carmelo Luis López, en el siglo XIV estaba en la misma situación que Valdecorneja a mediados del siglo XIII, es decir, fruto maduro y apetecible para pasar a formar un señorío con el que la monarquía premiara los servicios de la más poderosa aristocracia.

En consecuencia, Enrique III, el 14 de octubre de 1393, concede cartas de Villazgo a las aldeas de La Adrada, Arenas de San Pedro, Candeleda, Castillo de Bayuela, La Puebla de Santiago de Arañuelo y El Colmenar (Mombeltrán), segregando sus términos del alfoz abulense y entregando las seis nuevas villas a su Camarero Mayor D. Ruy López Dávalos, el que será posteriormente Condestable de Castilla.

El «Asocio», originalmente establecido en el siglo XI como un pacto entre la ciudad de Ávila y su tierra para la común defensa de sus intereses, intervino durante estos siglos en el mantenimiento y administración de toda nuestra comarca por sí o por delegación de los Caballeros Serranos. «El Concejo de Ávila se une a la mayoría de los Concejos Rurales para dar lugar al Asocio de Ávila, cuyo poderío económico se extiende hacia el sur, hacia la frontera» (J. Molinero: Estudio histórico del Asocio de Ávila). Excusado está significar que dicha frontera del Sur es todo el Valle del Tiétar.

Los caballeros, como ya dijimos en anteriores apartados, ganaban las nuevas tierras y encargaban a los campesinos/soldados repobladores el cultivo de ellas; este dominio de la tierra estaba fundado en la presura o en la razón de la conquista.

Como vimos anteriormente, nuestro pueblo queda en 1393 dentro del señorío formado por las seis villas y sus tierras que crea para Ruy López Dávalos, en cuyo poder permanece hasta la caída en desgracia en el favor de Juan II en el año 1422.

Nuevo rey y nuevo condestable, cargo que recae en el valido don Álvaro de Luna. El 26 de febrero de 1438, Juan II, desde Arévalo, donde se encontraba la corte itinerante, expide un Privilegio Rodado por el que se hace recaer los derechos de «El Adrada e Sanct Martir de Valde Iglesias e El Colmenar» (Mombeltrán) en dicho don Álvaro, «donación pura propia e non revocable e perpetual, que es hecha entre vivos».

Tengo en mi colección, aparte de varias monedas, dineros, blancas y vellones de esta época, un sello de plomo de una «bula» pontifical del Papa Martín V (1417-1431), hallado junto a la iglesia de Las Torres (Bulla, en latín, significa cualquier objeto redondo artificial), y servían para autentificar los documentos que salían de la Cancillería Pontificia; por supuesto que tal documento no lo he hallado, pero bien pudiera ser cualquier donación o confirmación a la iglesia de Las Torres por aquella época, lo que nos viene a confirmar cierta relevancia eclesiástica de la parroquia durante las primeras etapas de formación del dominio territorial catedralicio (recordemos topónimos de los alrededores, como «Huertas de Santa María», «Prado de las Monjas», etc.).

A la muerte del rey don Juan II es ocupado el trono por su hijo Enrique IV el Impotente, proclamado soberano en el castillo de La Adrada; al castillo, regentado por el alcaide, llegó un correo ordenando «se ficieran llantos y alegrias según la costumbre de sus antecesores» y «al próximo sabado anocheciendo se entonaron tres clamores y al domingo se dieron otros tres e luego las Justicias, Alcaide y regidores con judios y moros, enjergados e enlutados con capas negras e golas blancas y el Alguacil mayor con un pendón en la mano con las armas del difunto Rey, quebró un escudo de don Juan II e se dirigieron a la iglesia y penetrando en ella siguieron los llantos y clamores y los caballeros e hijosdalgos subieron al altar e tambien algún gentil y a su pie se vistieron de ropas bermejas y se aferraron con sus mantos de vistosos colores, mientras que el Alguacil Mayor dejó el pendón de don Juan en el suelo y empuñó el pendón de seda carmesí y muy rico de don Enrique y todos juntos comenzaron a dar gritos de alegria y en terminando la misa salieron del templo y dieron una vuelta a la villa, haciendo todos muchos monos y alborozos y en la torre del homenaje del castillo colocaron el pendón gritando con grandes voces: ¡Castilla por el rey D. Enrique! Por la tarde se corrieron toros en la plaza de la villa y duraron los festejos y alegrias hasta tres dias» (Crónica de don Enrique «el cuarto»).

Por la historia sabemos que lo que comenzó con alegría al poco tiempo fue luto y tristeza. Vuelven las luchas fratricidas que tanto asolaron Castilla durante el reinado de su tatarabuelo Enrique II. Se abandona la guerra de reconquista contra los moros de Granada, y el reino languidece entre las continuas rencillas del monarca, apoyado en la baja aristocracia y nobleza del mediano estado y la arisca e intransigente alta nobleza, encarnada en personajes como el marqués de Villena, arzobispo Carrillo y linajes aristocráticos de los Manriques, Pimentel, Albas, etc.

El rey nombra maestre de la Orden de Santiago, vacante desde la muerte de don Álvaro de Luna, a su mayordomo mayor, don Beltrán de la Cueva, en el año 1464. Es don Beltrán un hidalgo andaluz, favorito del rey y, según los partidarios del marqués de Villena, amante de la reina doña Juana y padre de la infanta heredera doña Juana, apodada «La Beltraneja» por razones obvias.

Después de la segunda batalla de Olmedo, los insurgentes se avienen a pactar con el débil rey y condicionan el fin de las hostilidades al cese del condestable como maestre de Santiago, cargo que recae en don Juan Pacheco, marqués de Villena. En compensación, don Beltrán recibe el título de duque de Alburquerque y, entre otros, el de Señor de Mombeltrán.

«Vos fago favor, merced e gracia, perpetua e non revocable para vos e vuestros herederos de la mi villa de Colmenar de las Ferrerias de Avila (Monbeltrán) con su castillo e fortaleza e con todos sus vasallos e tierras.» Dado en Valladolid. Dicha villa y aldeas no eran otras que Lanzahíta, San Esteban, Villarejo, Cuevas, Pedro Bernardo, Mijares, Las Torres, Serranillos, Arroyocastaños, La Higuera y Gavilanes.

Así pues, ya tenemos a nuestro pueblo en pleno siglo XV con nuevo y flamante señor de horca y cuchillo y que, a mi entender, no sé si al abandonar el yugo de los anteriores Señores Condestables y entrar bajo los dominios del señor duque de Alburquerque, «no saldríamos de Málaga para entrar en Malagón»; pero, en fin, esto son historias de la Historia.

Existe en el Archivo Municipal de Mombeltrán, entre otros, un documento (carpeta 2, número 18), fechado en 1457, en el que aparece como titular aún de los señoríos de Arenas y Colmenar (Mombeltrán), doña Juana de Pimentel, viuda de don Alvaro de Luna. La propia señora rubrica esta carta con la expresión de «la triste condesa». Este documento, a través del cual se dejan entrever los distintos niveles y formas de denominación y control de los señores sobre los habitantes de los lugares de sus respectivos señoríos y, por ende, sobre Gavilanes, es decir, sus vasallos, no es otra cosa sino una comunicación de doña Juana de Pimentel a su villa de El Colmenar.

En su carta la condesa deja muy claro que, por ser conveniente a su servicio y a la buena administración de la justicia en el lugar, ha decidido nombrar alcalde mayor al licenciado Alfonso Ruiz de Villena, quien, por el ejercicio de su oficio, cobraría una cierta suma que habrá de ser pagada por todos sus vasallos; concretamente, en el año 1457, los vecinos y moradores de la villa de El Colmenar y su tierra deberían entregar 3.500 maravedíes.

En los vasallos es, en definitiva, sobre quien recae todo el peso y el gasto que comporta la existencia y extensión de los distintos cargos delegados del señor. Ignoro la cuantía de maravedíes que le correspondería pagar a Gavilanes, que nos hubiera permitido conocer el poblamiento de nuestro pueblo por aquellos años.

En otro curioso documento archivado en Mombeltrán (carpeta 2, número 41), fechado en 1485, la duquesa de Alburquerque comunica al Concejo su última decisión acerca del nombramiento de alcaldes y regidores, que habrían de encargarse del gobierno municipal durante los siguientes años. Está claro que, aunque los vasallos podían proponer los nombres de los elegidos, la decisión definitiva y, por tanto, los nombramientos correspondían al señor. Esto es lo que, al fin de cuentas, hace la duquesa de Alburquerque, en nombre de su marido, el último día del año 1485: comunica a sus vasallos de Mombeltrán y sus tierras los nombres de las personas que ocuparán los oficios de alcaldes y regidores al año siguiente.

Con relativa frecuencia estamos acostumbrados a manifestar un exacerbado maniqueísmo por lo que se refiere a la supuesta benignidad o maldad en el trato entre vasallos y señores. Incluso se dice «los hombres de tal pueblo vivían mejor o peor que los de su comarca porque dependían directamente de un señor que velaba por sus intereses». Conviene desterrar este tipo de afirmaciones. En la actualidad está muy claro, y así queda demostrado en este documento, que los lugares del señorío, entre los cuales no olvidemos estaba Gavilanes, se obligaban a mantener una relación permanente, un poco en todas las actividades, respecto al titular. Sin duda, éste era el caso de la villa de Mombeltrán y comarca a finales del siglo XV y comienzos en lo que se ha venido en llamar Edad Moderna.

Concluyendo, comprobamos que en el proceso de señorialización del siglo XV inciden, con fuerza, dos factores: uno humano, la nueva nobleza trastamarista, y el segundo estructural, en el que los intereses de los señores feudales evolucionan desde el control de la riqueza agrícola y ganadera, la posesión de la tierra, a un estadio final en el que predomina la jurisdicción sobre los hombres y riquezas, única forma posible de rehacer las economías de las haciendas señoriales en crisis por la inflación crónica de los precios. Para conseguirlo recurrirán a todo tipo de abusos y comportamientos violentos, que son exponente, como dice Cortázar, de «la falta de capacidad de transformación del régimen señorial». No en vano la primera orden que dieron nuestros queridos duques de Alburquerque fue poner el rollo o picota en medio de la plaza de la villa, para que propios y visitantes pudieran contemplarla a diario. Y como diríamos en nuestro pueblo, «el que avisa no es traidor».

Ávila y su provincia vivió con gran intensidad la compleja etapa de la historia peninsular del siglo xv. A los abulenses les tocó vivir en este siglo una etapa trascendental. En sus iglesias y palacios, en sus campos y tierras, se palparon con intensidad de primera mano destacados acontecimientos históricos. El apoyo de la ciudad y provincia y la lealtad de los abulenses hicieron posible en gran parte la promoción y ascensión al trono de Castilla de la princesa Isabel.

La nobleza abulense del siglo XV intervendrá activamente en muchos de los acontecimientos de la época: guerra de sucesión entre «La Beltraneja» y doña Isabel y las consiguientes revueltas nobiliarias.

Nuestras gentes, enroladas en las huestes del duque de Alburquerque, es posible que intervinieran en la recuperación de Madrid, Huete o Atienza de los partidarios del portugués, y que asegurasen la fortaleza de Trujillo o vencieran en Toro. Todo es posible, pero lo que sí es seguro es que nuestros vecinos siguieron apegados a su economía ganadera y agrícola como base de su vida diaria, completándola con esporádicas capturas de caza mayor y menor. La importancia de la caza en las tierras de Ávila se acredita por el amplio trato que de las mismas se hace en las Ordenanzas de Avila de 1485. Se establece la protección que debe guardarse a aves cazadoras, azores, gavilanes, halcones, etcétera. La Ordenanza 86 tenía más alcance y preveía normas para su alimentación. Los carniceros expenderían «carnes para las aves caçadoras» todo el año, salvo viernes, sábados y Cuaresma en las carnicerías «chisttanegas»: sólo los viernes en las «judiegas» y únicamente los sábados en las musulmanas. No deja de ser insólito que el ritual de venta y consumo de carnes y la regulación de competencias entre carniceros de las tres religiones se extendiera incluso a la ceba de aquellas aves, beneficiándose de la convivencia medieval cristiano-judeo-islamita para no pasar sin carne ni aun los días de fiesta o abstinencia de sus dueños. También en las Ordenanzas prohibían cazar en «tiempos de nieves», y vedaban la caza en tiempos de agraz o uva, mientras las viñas estuvieren con esquilmos.

Que había una importante población de judíos en nuestra comarca por aquellas fechas, queda demostrado en el censo de «Aljamas», dentro del obispado de Ávila, del año 1479 y su contribución monetaria al mismo. «El Aljama de Arenas, 1.000 maravedíes. El Aljama de los judíos de Navamorcuende, 900 mrs. El Aljama de Colmenar, 2.500 mrs. (recordemos que Gavilanes dependía económica y eclesiásticamente de esta iglesia).» Así que si veis en vuestros paseos por Gavilanes alguna nariz demasiado aguileña, puede que sea herencia de aquellos 2.500 maravedíes cotizados al obispado de Ávila.

Otro fenómeno que alcanza extraordinario auge en este siglo son los periódicos mercados y ferias en ciertos lugares estratégicos o de paso, siendo los más próximos a nuestro pueblo los de Mombeltrán, Lanzahíta y Casavieja. Estos mercados no se limitaban a la venta de mercaderías, sino que constituían lugar de cita, de contratos y negocios comerciales. Allí también se voceaban los pregones de las Ordenanzas Reales, Cédulas y Pragmáticas, bandos municipales, así como pregones solicitados por particulares.

De la abundancia de negocios y transacciones dan fe los distintos dineros, blancas, maravedíes y reales encontrados por mí en estos lugares. Se comentaban en mentideros y corrillos los últimos acontecimientos locales y nacionales: bodas, nacimientos y muerte de los distintos vecinos de las aldeas limítrofes o aquellos que interesaban a todo el reino, como el final de la guerra de Granada, conquista de Nápoles, o un cierto rumor del descubrimiento de un nuevo mundo por tres carabelas de Castilla; y luego, a la caída de la tarde, ya cerrados tratos y contratos, vendrían, al son de bigüelas, gaitas y rabeles, bailes y cantos, aderezados con vino de pitarra, donde no faltaría alguna riña entre mozos, o mejor, algún enamoramiento y posterior contrato y palabra de boda; y a la mañana, cada uno, a pie, en burro o a caballo, regresarían a su aldea a proseguir el quehacer diario.

En el Archivo Municipal de Mombeltrán, carpeta número 9, y fechado en diciembre de 1488, existe un documento por el que los Reyes Católicos confirman al Concejo la concesión de «Villa». Las consecuencias de este acontecimiento son de gran importancia para la villa, pues se le concede autonomía administrativa con algunas exenciones fiscales, se le amplía el término con nuevos lugares y se le otorga la facultad de hacer un mercado semanal todos los sábados y una feria anual de quince días a partir del día de Todos los Santos.

Como vemos por este documento, Mombeltrán afianza su independencia de Ávila ciudad, y por rebote, todas las aldeas situadas en su señorío, incluido, claro está, Gavilanes. Este documento, tal como se nos ha conservado, es para mí el más interesante de todos los archivados en el Ayuntamiento de Mombeltrán, no sólo por su contenido jurídico, sino por un cierto toque artístico. Para ello se recurre a la iluminación de algunas letras capitales con motivos florales o animales, no exento de cierta gracia e ingenuidad.

Nada o muy pocas cosas debieron cambiar para los habitantes de Gavilanes al comienzo del nuevo siglo XVI, y con él la nueva dinastía de los Austrias, al unirse por matrimonio la Trastámara doña Juana, hija de los Reyes Católicos, con Felipe el Hermoso, hijo del Emperador Maximiliano de Austria; y digo al comenzar, porque a los pocos años, toda Castilla se conmueve y revoluciona con la llamada guerra de las Comunidades. Ávila se une desde el principio a las huestes comuneras y luchará a su lado hasta el desastre de Villalar. Es presumible que algún abuelo nuestro perdiera los «calvotes» en tal hecho de armas, pues al fin y al cabo tal tropa se reclutó entre campesinos y pequeños burgueses de las ciudades castellanas, porque los potentados y nobles, como siempre en la historia de España, se pusieron de parte del partido ganador, esto es, del imperial César Carlos I.

Así pues, perdida la oportunidad de sacudirnos el yugo del señorío de nuestro «amado y querido» Duque de Alburquerque, seguiríamos durante todo el siglo aguantando los abusos y vejámenes de tal señor o sus representantes, alcaides y justicias de su villa de Mombeltrán, a donde se verían abocados a acudir, no sólo a pagar los impuestos, sino también a solucionar cualquier disputa o asunto legal. Lo del refrán: «Ser criado y alimentar amo», porque Gavilanes durante esta época se rige de forma muy simple, esto es, por un Concejo abierto, que quiere decir que el día de San Andrés, al tañido de la campaña se reunían todos los vecinos en la plaza y elegían cuatro «homes buenos» para que, a su vez, el Concejo de Mombeltrán o el Sr. Duque de Alburquerque eligiera a dos de ellos como alcaldes, que representarían durante todo el año siguiente el resto de moradores de Gavilanes.

Según las Ordenanzas del Señorío de Mombeltrán, las competencias de estos regidores eran muy reducidas, ya que sólo podían juzgar en asuntos civiles de mínima importancia, por cuantía de un máximo de 60 maravedíes; sobrepasados éstos, todas las causas se verían y juzgarían por los alcaldes de la Villa. Tampoco tenían competencia en asuntos penales. Otro cargo del Concejo era el de alguacil, dependiente en todo del alguacil mayor de Mombeltrán, a quien debería entregar los sujetos a embargos, detenciones o ejecuciones, ya que nuestro pueblo no tenía derecho a prisión o cárcel; sí, en cambio, nuestro alguacil ejercía el oficio de «Fiel», cuyas obligaciones eran: Vigilar la sanidad del lugar; las aguas de las fuentes públicas y garganta; limpieza de las calles; cuidar de que no se dijesen blasfemias, y, entre otras muchas, la de verificar la exactitud de los pesos, medidas y varas, quebrando o rompiendo aquellas que no fueran según ley o fueren falsas.

Carmelo Luis López, en su libro La Comunidad de Villa y Tierra de Piedrahíta en el tránsito de la Edad Media a la Moderna (Ávila, 1987), analiza de manera magistral tal fenómeno de la dependencia de lugares y aldeas y su total control a un señor o a una villa y su tierra incluida dentro de un dominio señorial, territorial y jurisdiccional y una tierra o concejos de aldea sobre la que, aparte del todopoderoso dominio señorial, se va consolidando otro dominio por parte de la villa cabeza del tal señorío: en nuestro caso concreto, la Villa de Mombeltrán. Todo este malestar desembocaría, en el siglo siguiente, en la solicitud de diferentes aldeas del señorío, al Consejo de Castilla y al Excmo. Sr. Duque de Alburquerque, de la concesión de títulos de villas, entre los cuales desgraciadamente no se encuentra Gavilanes, con las consiguientes exenciones de jurisdicciones y dependencias de la Villa de Membeltrán. (En el apartado próximo hablaremos más extensamente de tal acontecimiento, así como de la fijación del territorio jurisdiccional.)

En el año 1513, la Sisa recaudada por Mombeltrán se dedicó a construir «…un puente en la garganta de Arroyo Castaño, otro de piedra en la garganta y rio de las Torres en el que iba a Madrid, Avila, San Martín y a todos aquellos lugares que iban en esa dirección y a la Mancha y a Toledo, por ser tán transitados se precisaban que fueran de cal y canto y no de madera como era el de Las Torres.» (A.G.S. Cam. Cast. Pueblos, leg. 13.)

El censo del año 1528 para pueblos de nuestra comarca es el siguiente: Vecinos pecheros. Pedro Bernardo, 52. Gavilanes, 38. Mijares, 67. Lanzahíta, 191; y Las Torres, 45. Por lo demás, pocas son las noticias que tengo de hechos acaecidos por estos años en Gavilanes. Sí constato los frecuentes hallazgos monetarios en huertos que rodean el pueblo (quiero dar, desde aquí, las gracias a todos aquellos que tuvieron la gentileza de entregármelos), por lo que deduzco una mayor circulación de dineros y su consiguiente mayor poder adquisitivo en tal época. También es ya un hecho constatado la lenta pero imparable despoblación de Las Torres en beneficio de mayor población de Gavilanes, al instalarse varias familias de dicha aldea en nuestro pueblo.

Finaliza el siglo XVII en plena bancarrota, tanto política como económica, para la que fue, sólo pocos años ha, la imperial España. Reina que no gobierna en ella el retrasado mental y físico Carlos II. Mal le van a la otrora toda poderosa España: Derrotas en la guerra de los treinta años en Europa, galeones y ciudades expoliadas en América y las nuevas potencias europeas, Francia, Inglaterra y Austria, como buitres al acecho esperando que Carlos II las «diñe» para repartiese los despojos del gran Imperio que fue España. Y como «a río revuelto, ganancia de pescadores», todos quieren sacar provecho, fuera y dentro, de tal situación: los nobles, exprimiendo más y más a sus vasallos, y las potentes oligarquías de villas y ciudades, sobre su entorno o dependencias. Tal situación había llegado al límite en nuestra región, presionando el concejo de la Villa de Mombeltrán sobre las distintas aldeas y lugares de su jurisdicción, con presiones fiscales y judiciales extremas.

Esta dependencia de los concejos de aldeas y lugares a la Jurisdicción de la Villa de Mombeltrán, cabeza del señorío y de sus justicias, era para los habitantes de ellas causa de innumerables inconvenientes, ya fuera por la distancia que las separaba a muchas de aquélla, a la que había que acudir para resolver los asuntos legales y fiscales, sino también por los abusos y vejámenes de toda clase que los vecinos de éstas eran objeto por parte de los alcaldes y regidores de Mombeltrán en el ejercicio de su autoridad. Por tal causa, Pedro Bernardo se erige en portavoz de todo el alfoz y conviene en solicitar la concesión de título de Villa para sí, título que le es concedido, eso sí, pagando a Carlos II y a su epígono el Sr. Duque de Alburquerque, D. Melchor Fernández de la Cueva y Enríquez, señor de la ViIla de Mombeltrán, la nada despreciable suma de 215.000 reales, moneda que como siempre salió de los bolsillos de cada vecino. Este hecho es importantísimo no sólo para Pedro Bernardo, sino para todos aquellos lugares que le rodean, hecho que fue imitado rápidamente por las aldeas más ricas, como Mijares, Villarejo, Cuevas, San Esteban y Lanzahíta que a continuación ascienden a la categoría de «Villas», claro está y como en el caso de Pedro Bernardo, aflojando el bolsillo de sus habitantes de dineros y reales que irán a engordar las arcas de nuestro «protector y bien amado» el Duque de Alburquerque.

Así pues, ya tenemos a nuestros pueblos vecinos independientes del señorío de Mombeltrán, pero como al «perro flaco todo se le vuelven pulgas», surgen problemas en dónde colocar los linderos entre las diferentes Villas y Lugares. El 19 de octubre de 1679 el nuevo y flamante concejo de Pedro Bernardo, a campana tañida, se reúne en el Ayuntamiento de la nueva villa y a la cabeza su Alcalde, Melchor Gómez; Isidro Sánchez Sierra, regidor; Juan Sánchez, licenciado, y demás concejales y vecinos, acuerdan amojonar su término jurisdiccional. Por su interés en lo que concierne a Gavilanes, transcribo literalmente:

«Desde la piedra del rio hasta la hoja del monte y desde la hoja del monte hasta la piedra del rio y señaladamente por los lindes y mojones, desde el pago que llaman de Robledoso y rio arriba hasta la boca de la garganta de las Torres, las Piedras, Cruces de las Torres y fuente de Copo; y a la chorrera de Blasco Chico y a lo último de la Sierra por la parte de arriba, bajando por la otra parte de Cabeza Aguda, la Abantera, Malcapillo y al pago de Herradon, bajando al dicho Robledoso. Que son los términos donde Su Majestad manda se dé dicha posesión.»

Y continúa:

«E dicho Sr. Juez de posesión hizo llamar y parecer ante sí a Andrés Sanchez, que sí se dijo llamar, y ser vecino del lugar de Serranillos, aldea de la Villa de Mombeltrán del cual su merced, ante mí el escribano receptor, recibió juramento por Dios y una Cruz en forma de derecho, y habiendo jurado y prometido decir verdad y preguntado por el tenor del auto, dijo saber que esta villa de Pedro Bernardo, siendo aldea de la de Mombeltrán, tuvo y tiene por término señalado suyo, desde donde dicen Robledoso y desde allí a la boca de la garganta de las Torres, las Piedras, Cruces de las Torres y de allí a Fuente de Copo y a lo último de la sierra de Cabeza Aguda; y por la Abantera y Malcapillo y al pago de Herradón, y de allí al dicho Robledoso. Y el testigo ha visto que los alcaldes de la villa de Pedro Bernardo y sus regidores han prendido los ganados que han cogido haciendo daño a sus dueños, y así mismo a las personas que dentro de dicho término han cortado algún árbol o descepado alguna vid, y en especial a los que han vareado bellotas y pastado en panes y ceba- das; como lo hicieron con un vecino del lugar del testigo que se llama Pedro Gozález y otro Toribio Fernández, sobre hallarles haciendo carbón dentro del término que lleva dicho, donde dicen el Corchuelo y la Asomadilla y otros que no se acuerda.
Y en esta posesión ha visto en su tiempo el testigo estar a los vecinos de dicha Villa de Pedro Bernardo, y así lo oyó el testigo a sus mayores y más ancianos que lo habían visto ser y pasar en la misma manera, de forma que memoria de hombre no hay en contrario.
Esta es la verdad, en que se afirmó y lo firmó; y declaró ser de edad de cincuenta años, poco más o menos. Y lo firmó su Merced. – Don José de Urrutia. – Andrés Sánchez. – Ante mí, José Alonso Portero.»

Siguen otras declaraciones similares hasta el núero de doce prestadas por vecinos de todos los pueblos limítrofes que omitimos por innecesarias y para no cansar al lector.
Y finalmente el amojonamiento propiamente dicho en los siguientes términos:

«En la Villa de Pedro Bernardo, a veintitrés del mes de octubre de mil seiscientos y setenta y nueve años, el señor don José de Urrutía, Juez particular por Su Majestad para la dar la posesión a esta dicha villa de la exención de la de Mombeltrán, y haciéndola Villa en sí y sobre sí, para efecto de amojonar el término que confina con el de la dicha villa de Lanzahita, desde el mojón padrón que está en el venero de Robledoso, hacia el río, y acaba por el arroyo arriba hasta dar con el sitio que llaman de Malcapillo, padrón mojón que divide los términos de Lanzahita, Santa Cruz y Pedro Bernardo. Salió de esta villa acompañado de mí, el presente escribano receptor, de Melchor Gómez y Francisco García, alcaldes ordinarios de ella, y de Andrés Sánchez Sierra, procurador general, y de Pedro García y Pedro González, apeadores nombrados por su Merced, y otras personas hasta el número de doce.
Y su Merced mandó a dichos apeadores guiasen al dicho venero de Robledoso donde su Merced llegó a hora de las nueve y media de la mañana, en donde se fijó y se puso un padrón mojón que divide los términos de Pedro Bernardo, Lanzahita y Buenaventura; el cual se hizo entre el venero y el río, de medio estado de alto, de tierra y una rama de espino.
Y de allí se fue por el arroyo arriba. Se fijó el segundo mojón en un aliso, y en el tronco de él se hizo una cruz.
Y de allí adelante, orilla del dicho arroyo, se hizo otro mojón de roble, linde tierra de la Iglesia de Pedro Bernardo. Y se hizo una cruz en el tronco.
Y de allí se fue arroyo arriba y se hizo mojón un fresno que linda con tierra de Francisco Fernández Pino de Oro. Y en el tronco se hizo un cruz.
Y de allí, prosiguiendo en la dicha mojonera, se hizo otro mojón en un roble, linde del arroyo y de tierra de Juan Rodríguez Manso. Y en él se hizo un cruz.
Y de allí se hizo otro mojón de tierra y piedras a orilla de tierra de Pedro Sánchez y Benito Sánchez.
Y de allí adelante se hizo otro mojón en un roble, linde dicho arroyo de Robledoso y de tierra de la capellanía de Calera. Y se hizo una cruz en el tronco.
Y de allí, se fue adelante y llegó al camino real. Se hizo y se fijó otro mojón de tierra y cantos, linde de la tierra de Juan García Rodríguez.
Y de allí se fue al arroyo de Herradón, y se hizo otro mojón de tierra y cantos, linde la dehesa que dicen tener los de Lanzahita, quedando en el término de la villa de Pedro Bernardo la dicha dehesa.
Y de allí se fue al labrado Herradón y se fijó otro mojón de tierra y piedra, linde de tierra de Francisco López y de dicha dehesa, y en dicho mojón se hizo una cruz en piedra viva.
Y de allí se fue a la entrada de la data de Lanzahita y se hizo otro mojón de cantos, uno sobre otro, y una cruz en uno de ellos.
Y de allí, prosiguiendo en la dicha mojonera, se llegó cerca del Colmenar de la data del Amoclón, y se hizo otro mojón de piedra, linde con el camino que va a las datas de Lanzahita, y se hicieron dos cruces.
Y de allí se fue a la data del Amoclón, y se hizo otro mojón de pie- dras en el que se hizo una cruz, y encima de él cuatro cantos pequeños.
Y de allí se fue a la Vadera de Juan Cano, junto a la garganta de la Eliza, y se hizo otro mojón de piedra, fijando en ella una cruz.
Y de allí se llegó a la era de Malcapillo, donde se hizo otro mojón de piedras y cantos y en la peña se fijó una cruz. Y este es padrón mojón que divide los términos de Lanzahita, Pedro Bernardo y aldea de Santa Cruz, jurisdicción de Mombeltrán.»

Llegada la mojonera a este punto que terminaba el deslinde entre los términos de Pedro Bernardo y Lanzahíta, y después de hechas todas las demostraciones de posesión que las leyes costumbres entonces marcaban, al día siguiente y con las mismas formalidades de rigor continuó el amojonamiento para fijar los límites del pueblo con los distintos pueblos limítrofes, y cuya descripción en los correspondientes días copiamos, omitiendo las diligencias preliminares por ser idénticas a las del día anterior y no cansar al lector.

«…Llegó al sitio que llaman La Llanadilla, Padrón que divide los términos de Lanzahita, Pedro Bernardo y Santa Cruz. Mediante lo cual su merced mandó proseguir la dicha mojonera, y subieron los dichos apeadores y azadoneros y fijaron un mojón Padrón en la gargantilla del Horcajo, en piedra firme, con una cruz y tres piedras movedizas.
Y de allí, prosiguiendo, se puso otro en la era de la Llanadilla, en tierra de Francisco Fernández Pino de Oro de tierra firme, con una cruz y tres cantos encima.
Y de allí adelante se fijó otro en la llamada linde con tierras del lugar de Santa Cruz y camino del Horcajo, con tres cruces y encima cuatro piedras pequeñas.
Y de allí se fueron a la Abantera del Risco de la Cruz, en lo alto de la sierra, en piedra firme se hizo una cruz y tres piedras encima y este es Padrón Mojón que divide los términos del lugar de Santa Cruz, el de San Esteban y la villa de Pedro Bernardo.
Y de allí se fue al puerto de San Esteban, al camino real de San Esteban y se fijó otro mojón de piedra firme, con tres cruces y encima tres cantos movedizos.
Y de allí se fue a Cabeza Aguda y se fijó otro mojón de piedra firme, con tres cruces y tres cantos movedizos encima. Y este es Mojón Padrón que divide los términos de San Esteban, Serranillos y Pedro Bernardo.
Y de allí se fue al Puerto de Serranillos, y allí se fijó otro mojón de piedra con dos cruces y cantos movedizos.
Y de allí se fue al Cabezo, y allí se fijó otro mojón de piedra firme, con tres cruces y tres cantos encima, aguas vertientes a los llanos de Pedro Bernardo.
Y de allí se fue al Prado de Indierzo, y allí se fijó otro mojón de piedra firme con tres cruces y tres cantos encima.
Y de allí se fue a la chorrera de Blasco Chico y allí se fijó otro mojón con tres cruces y tres cantos encima. Y éste es Padrón que divide los términos de Gavilanes y la Villa de Pedro Bernardo.
Y de allí se fue al carril que va, digo, a la vereda de las Canalejas, que viene de las Serenas del Chorro a Majá el Carnicero, y se fijó otro mojón en tierra firme con dos cruces y dos cantos encima.
Y de allí se fue a la majada antigua, encima del Pajonal, y se fijó otro mojón en una piedra grande con una cruz y dos cantos encima.
Y de allí se fue al carril que va a la huerta de Amador y se fijó otro mojón con dos piedras firmes juntas con dos cruces y tierra y cantos.
Y de allí se fue a la garganta del Helechar, y se fijó otro mojón en una piedra, con una cruz y dos cantos.
Y de allí se fue adelante del dicho Helechar, y en el pradillo nuevo, encima de una lancha grande, se fijó mojón con una cruz y cantos.»

Al siguiente día, y después de las mismas formalidades que en días anteriores en cuanto a la presentación de apeadores, azadoneros y, por supuesto, los jueces y demás funcionarios del Rey encargados de la posesión y amojonamiento y que por innecesario y conveniencia de abreviar, omitimos, continuó la mojonera partiendo a las diez de la mañana, después de ser oída y rechazada una alegación de un regidor de la Villa de Mombeltrán en relación con el amojonamiento que se realizaba y que fue considerado conforme y legal por el señor Juez de Posesión actuante en el mismo.

«Partieron a las diez de la mañana al sitio llamado Fuente Copo, que es padrón Mojón que divide los términos de Gavilanes, Las Torres y la villa de Pedro Bernardo, y se fijó un mojón de piedra y cantos.
Y de allí se fue al cercado de Montañas y se fijó otro mojón en piedra firme con una cruz y cantos.
Y de allí se fue al medio del cercado de Montañas y se fijó otro mojón de piedra firme con una cruz y cantos.
Y de allí se fué al Higueral, y en tierra de Alejandro Gómez, en un cerrito, se fijó en piedra firme otro mojón que se cubrió de tierra y tiene una cruz.
Y de allí se fue al labrado de las Monjas, y se fijó otro mojón de tierra, piedras y ramas encima.
Y de allí se fue al camino Real de Madrid, y se fijó en una encina una cruz para que sirva de mojón, y por el pie se levantó la tierra y se puso unos cantos; y es donde dicen el pago de las Piedras Cruces.
Y de allí se fue al pago del Quejigal, y en tierra de Pedro Martín Gavilanes, se fijó otro mojón de piedra y cantos.
Y de allí se fue a la laguna del Quejigal y en dicha tierra se fijó un mojón en una encina, y en el tronco se hizo una cruz, y por el pie se le echó tierra y cantos.
Y de allí se fue al dicho Quejigal, y se fijó en dos piedras juntas, firmes, otro mojón en que se hizo una cruz y al pie se le echó tierra y jaras.
Y de allí se fue do dicen las Piedras que retumban, y entre éstas y las eras de verjuela, se hizo otro mojón de tierra y cantos.
Y de allí se fue do dicen las Matas de Brano, y en una encina se fijó otro mojón, y en el tronco se hizo una cruz, y al pie se pusieron cuatro cantos y tierra.
Y de allí se fué a la boca de la garganta de Las Torres, y en tierra de Bartolomé Fernández Ovejero, y de tierra, al pie de un roble, en cuyo tronco se hizo una cruz, y se fijó otro mojón.
Y de allí adelante, y en un roble en que se hizo una cruz se fijó otro mojón, junto al río Tiétar. Que éste es Padrón que divide los términos de Las Torres, Sartajada y Pedro Bernardo.
Y de allí se fueron río abajo haciendo linde y mojonera la orilla del río Tiétar que divide este término de Pedro Bernardo con la Jurisdicción de Buenaventura y Sartajada, y con que las aguas fueran comunes a estas tres villas, y fueron a dar en el venero de Robledoso, donde se empezó a hacer esta mojonera, y que es Padrón Mojón que divide los términos de Buenaventura, Pedro Bernardo y Lanzahíta.
Y de dicho término, cerrado, deslindado y amojonado les fue dada posesión a la villa de Pedro Bernardo y a sus alcaldes ordinarios. Y para señal de ella llevaron su varas altas de justicia en las manos, y hicieron otros actos de jurisdicción y posesión.»

Con esto, a lo que seguían ya trámites legales de poco interés, se daba por concluido todo el largo, deseado y costoso proceso de concesión a Pedro Bernardo del honroso título de Villa que ostenta hasta la fecha.

Esperamos que toda esta larga transcripción no os haya cansado en demasía, y sí, en cambio, haya despertado vuestro interés y vuestra curiosidad y en definitiva, vuestro amor a nuestro pueblo, ya que tal fue el fin que a ello nos movió al transcribirlo para vosotros.
Como podéis ver, lo que vale para Pedro Bernardo en su límite Este, es el amojonamiento del término de Gavilanes en el siglo XVII. Quedaba por limitar nuestra «frontera» con Mijares.

El 17 de febrero de 1703 todas las villas y aldeas del antiguo Señorío de Mombeltrán se reúnen en dicha villa para proceder a un reparto ordenado de las distintas jurisdicciones. El fruto de esta primera reunión, seguida de otras cinco, es lo que se ha venido en llamar Pacto de la Concordia, en la que quedan reflejados derechos, obligaciones, prestaciones y contraprestaciones de villas y aldeas del finiquito Señorío. Uno de sus capítulos es interesantísimo para Gavilanes, y es aquel en el que se refleja «la cesión que hacen Mijares y Pedro Bernardo a Gavilanes y Las Torres de parte de su término».

Ya, pues, tenemos en 1703 nuevo término para nuestro pueblo, pero los problemas en estos Pactos de la Concordia no cesan, y ante las quejas de Gavilanes y Las Torres, que se han quedado con poco trozo del pastel, se llega nuevamente a otro acuerdo por el que Mijares y Pedro Bernardo ceden a Gavilanes y a Las Torres otra parte de sus terrenos; «La villa de Mijares cede y renuncia en favor de Gavilanes del término jurisdiccional que hoy posee desde el mojón de los Cotos que está en la Veguilla saliendo la Colada de la Loaisa arriba por los dichos mojones de los Cotos hasta llegar a la fuentecilla de la Gargantilla que baja de los Antolines y derecha arriba por la mano izquierda del regajo de la Yegua hasta lo alto de la cumbre… Y la villa de Pedro Bernardo cede a Gavilanes y renuncia en favor de ésta la llamada dehesa de Blasco Chico…». Y así hasta ahora.

En el anterior apartado vimos cómo en el año 1703 Gavilanes, como todos los pueblos circundantes, estrena flamante jurisdicción propia; jurisdicción que fue conseguida tras mucho tiempo de esfuerzo, trabajo y largas gestiones, especialmente por las dificultades de deslinde con las villas limítrofes de Pedro Bernardo y Mijares, que quieren, y en parte consiguen, llevarse la mejor tajada del pastel. Los problemas derivados del “Pacto de la Concordia” no cesan, y a instancias de Gavilanes, que no está conforme con el reparto, se llega a un segundo acuerdo por el que la villa de Mijares cede a las aldeas de Las Torres y Gavilanes, parte de sus terrenos.

«Para dar extensión en terrenos y pinares a los lugares de Gavilanes y Las Torres: La villa de Mijares cede y renuncia en favor de esta de Mombeltran y sus dichas aldeas (Gavilanes y Las Torres) del término jurisdiccional que hoy posee desde el mojón de los Cotos que está en la Veguilla saliendo la colada de la Loaisa arriba por los dichos mojones de los Cotos hasta llegar a la fuentecilla de la Gargantilla que baja de los Antolines y derecha arribas por la mano izquierda del regajo de la Yegua hasta lo alto de las cumbres.»

También Pedro Bernardo confirma definitivamente la cesión de la dehesa de Blasco Chico entre otros terrenos que no quedaron claros en el anterior deslinde. La última escritura de este pacto se prolonga hasta bien entrado el siglo (30 de agosto de 1744), y se da fin con el siguiente párrafo: «… dijeron que se guarda, cumpla y ejecute en todo y por todo según en esa se contiene bajo de las cláusulas, condiciones y penas que están impuestas a lo que a ello contraviniere, por ceder como ceden de lo allí acordado y de sus vecinos y por lo que ratifican de nuevo…» Y lo firman los regidores de las villas y aldeas incluidas en él. Por Gavilanes lo hace su alcalde, D. Francisco Martínez Flores, natural de la Villa de Mombeltrán.

Así pues, con el pacto firmado, ratificado y con jurisdicción propia, aunque dependiendo aún de Mombeltrán, dependencia que se alarga hasta el año 1883, en el que queda disuelto el Pacto y se constituye el partido de Arenas de San Pedro, tal como lo conocemos hoy, Gavilanes comienza un nuevo caminar.

Varios hechos acaecidos en este siglo son de gran importancia para nuestro pueblo. Sabemos que al comienzo del siglo se ensancha la pequeña iglesia hasta los límites actuales y se construye sobre la vieja espadaña una nueva torre dotada de campana mayor y campanil, pero el acontecimiento de mayor importancia es el despoblamiento total de Las Torres.

En el archivo parroquial de nuestra iglesia existe un precioso libro de becerro escrito por el entonces párroco en el que nos narra y describe lugares, topónimos, fiestas, nombres y hechos acontecidos durante este siglo. Dice «…que en este año de gracia de 1703 sólo quedan en el lugar de Las Torres dos vecinos que se llaman Diego Estivares y Antonio López, con sus mujeres e hijos, los que venían a misa a este pueblo de Gavilanes, trasladándose a poco sus descendientes al mismo». Este hecho es de una gran importancia y fundamental para nuestro pueblo, pues al quedar despoblado Las Torres, su término queda añadido a la pequeña jurisdicción de Gavilanes, que así accede por el Sur al río Tiétar y las fértiles vegas del valle.
En el año 1727, según el Libro de Becerro, se levanta el portal de la iglesia con techo de madera labrada y soportal de dos columnas, de granito. Se crea nuevo cementerio al este de la iglesia, en un huerto de olivos (siete en total). Y la verdad es que durante este siglo nuestros abuelos debieron sufrir un repentino ataque de locura por construir…, porque sólo hay que darse una vuelta por el centro del casco viejo de Gavilanes para ver que en todos y cada uno de los dinteles de las casas está grabado sobre el granito «se fizo año 1.7…… y pico».

En fin, yo me pregunto: Si durante esta centuria todos nuestros antepasados hicieron sus casas, ¿dónde demonios habitaban antes…?

La guerra de la Independencia dejó una profunda huella en la nación española y la invasión napoleónica representó para Ávila una negra página de su historia. Sánchez Albornoz dice que «ni una sola heroicidad, ni un solo acto que haga de los abulenses de aquella época dignos descendientes del Ávila medieval», afirmación que resulta parcialmente desprovista de realidad, ya que si la ciudad sólo al principio de la contienda opone mínima resistencia al invasor, no sucede así en la provincia y especialmente en su región sur. Inicialmente Ávila se declara pro-borbónica y se niega a enviar representantes a la Diputación General de Bayona, farsa montada por Napoleón para despojar del trono de España a Carlos IV en favor de su hermano José.

Ávila, durante todo el año 1808, se proclama por Fernando VII, y esta proclamación la hace solemnemente el duque de Medinaceli ante el concejo, celebrándose durante varios días festejos religiosos y laicos, como capeas y juegos en la plaza mayor. En junio de 1809, Ávila figura como núcleo español de resistencia. El 1 de septiembre de ese año se crea el Regimiento de Voluntarios de Ávila, que al poco tiempo pasa a defender la ciudad de Ciudad Rodrigo, donde es sitiado, y al capitular la plaza es hecho prisionero en su totalidad. En enero de 1809, las avanzadillas del mariscal Lefêvre llegan a sus murallas; tras breve resistencia, los 15.000 granaderos del francés entran en la ciudad, que es saqueada durante tres días a sangre y fuego, hasta que la intercesión del obispo Manuel Gómez Salazar ante el general, consigue detener el saqueo. Las tropas francesas se retiran de Avila el 7 de enero, dejando tras sí una ciudad arruinada y desolada. El 18 del mismo mes, el mariscal Joseph Leopold Hugo ocupa de nuevo la ciudad y se hace proclamar comandante de la provincia de Avila y sus contornos. Hubo una parte de la población que no aceptó esta ocupación y huyó de la ciudad. Muchos mozos fugitivos se refugiaron en las escarpadas laderas de Gredos y allí se organizaron en guerrilla, hostigando las líneas de abastecimiento francesas. El 25 de febrero de 1809, un destacamento de 25 dragones westfalianos, enviados a Arenas para proceder a la requisa de víveres y vino, es masacrado por los areneros. El hispanista norteamericano Gabriel H. Lovett describe así los drámaticos sucesos:

«Cuando los alemanes se sentaron a comer, la población los arrolló furiosa. Uno logró escapar. A los demás se les llevó a un cerro en donde se alza un monasterio. Estaban los hombres a punto de hacer una fila de prisioneros contra la pared, cuando una muchedumbre de mujeres enfurecidas rompió el cordón que formaban los hombres y se echaron sobre los prisioneros con una gritería salvaje. Se hizo con los alemanes la carnicería más diabólica que pueda imaginarse. Se les quebrantaron las piernas y brazos, se les cortaron los genitales y se les arrancó el corazón…»

El mariscal Laval, enfurecido, manda una expedición de castigo desde la vecina Talavera a cargo de dos regimientos alemanes, uno holandés y varios dragones franceses, produciéndose una espantosa masacre entre los arenenses, saqueando e incendiando la villa. D. José Carramolino, vicario de Arenas, fue testigo de tal «hazaña» y nos ha dejado una sobria y patética relación del «degüello, saqueo e incendio» que sufrió la villa:

«… fueron muertas treinta y una personas de ambos sexos y heridas once, de las cuales murieron nueve después de mucho padecer … el saqueo fue general en todas las casas que no incendiaron … el incendio redujo a cenizas más de trescientas casas y barrios enteros quedaron destruidos… Ayuntamiento, Pósito, cárcel, escuelas, Convento de Agustinos Calzados, etc… Los vecinos que lograron huir se refugiaron en los montes cercanos, no regresando hasta pasados algunos días…»

No mejor suerte le cupo a la villa de Mombeltrán. Una partida de dragones franceses llegó hasta ella. Un grupo de paisanos intentó la resistencia, refugiándose en el castillo. Al primer cañonazo, desistieron los defensores; sin embargo, los invasores tomaron represalias y en el lugar llamado la Pajaranca fusilaron a unos cuantos «rebeldes», conociéndose desde entonces como «Portillo de los muertos».

Hartos de tales tropelías, nuestros hombres, mozos y viejos, se echan al monte y forman partidas de guerrilleros, siendo su actividad durante toda la contienda muy fuerte. Constantes por toda la sierra fueron las de Ignacio Morales, Pedro de Pablos, Fernando Garrido, Camilo Gómez, Gregorio González Conde, Antonio Temprano, Juan Palares (a) «el Médico», José Rodríguez «el Cocinero», José Martín y la guerrilla que tenía su cuartel en la Pinosa, frente a Gavilanes. Su jefe era el cura párroco de Higueras de las Dueñas, D. Miguel de Quero, de quien se dice que había matado a trece franceses que iban a Escalona. Este «pacífico» cura formó los «Voluntarios de la Cruzada del Tiétar» con 600 infantes y 100 caballos, llegando en sus incursiones hasta las provincias extremeñas. Se retiró al final de la contienda con el grado de Brigadier a su pueblo, supongo yo que a rezar por las almas de aquellos que él había ayudado a pasar a mejor vida. Amén.

En 1785, Mombeltrán y sus aldeas, entre ellas Gavilanes, quedan incorporadas al gran partido judicial de Talavera de la Reina. Medio siglo dura tal dependencia. En el año 1833 se reorganiza la provincia de Ávila y la Villa de Mombeltrán pasa a depender en lo administrativo de Arenas, conservando solamente jurisdicción en los anejos de Arroyo Castaño y La Higuera. Este acontecimiento es trascendental para nuestro pueblo, pues a partir de este año, Gavilanes queda independiente del Señorío de Alburquerque, dependiendo en todos los órdenes, jurisdiccional y administrativo, de Arenas de San Pedro. Así pues, 1833 marca un hito más y muy importante en la historia de nuestro pueblo, abandonando, y ya para siempre, la «bondadosa» y secular tutela de la Villa de Mombeltrán y de su señor el duque de Alburquerque, a la sazón D. Manuel Miguel Pérez Osorio Spínola de la Cueva, decimocuarto marqués de Alcañices y de los Balbases, conde de Ledesma y de Huelma.

Este hecho, que ha pasado desapercibido, es para la historia de Gavilanes de suma importancia porque a partir de esta fecha nuestro pueblo puede ya elegir libremente y por votación popular, y sin la autorización de Mombeltrán y el visto bueno del duque, aquellos ediles, alguaciles, regidores y demás autoridades locales que crea necesario para la buena administración de la aldea, así como leyes internas, fechas de recogida de los frutos, aprovechamiento de pastos en la sierra y su dehesa boyar, tala de árboles, pesca en sus gargantas, etc.; en fin, todo aquello que concierne a nuestro pueblo y sólo a él. ¡Cuatrocientos años nos costó ganar esos pequeños derechos y libertades!

Pascual Madoz, en su Diccionario de los Pueblos de España, pág. 95, “Ávila” (1845), dice: «Gavilanes, aldea de la provincia de Ávila, de 250 almas, iglesia parroquial bajo la advocación de la señora Santa Ana, 90 casas construidas en obra de granito y las más en adobe, ganadería mayor y huertas de frutales y praderas. Se comunica con la carretera de Madrid-Plasencia por un camino de herradura intransitable en su recorrido para carruajes de tiro. Otros caminos o sendas, con las villas de Pedro Bernardo y Mijares.» Como veis, más o menos la misma situación de hace cuarenta años.

Acontecimientos de gran resonancia nacional en el bienio 1836-37 fue la promulgación de las leyes de Mendizábal sobre la desamortización eclesiástica ligada con preceptos reformadores del clero regular y de las contribuciones hasta entonces percibidas por la Iglesia.

La Iglesia en la provincia de Ávila, posiblemente en mayor proporción que en otras Diócesis, tenía vinculados una gran masa de bienes que procedían de donaciones y que servían de base económica al estamento clerical. La desamortización significaba, aunque sólo fuera teóricamente, la privación al Clero de la fuerza económica que le sustentaba. Por los decretos desamortizadores de Álvarez Mendizábal se pusieron a la venta, sólo en nuestra provincia, 975 fincas rústicas que fueron a parar a la nueva oligarquía de grandes terratenientes. Gavilanes (es un hecho poco conocido) no fue ajeno a esta desamortización. La dehesa conocida por «Dehesa de Canto Gordo», perteneciente a la Iglesia, fue sacada a pública subasta, adjudicándosela una familia de comerciantes apellidada Mínguez, cuyo disfrute gozan hasta el día de hoy. El resto de bienes, prado del cura, casa y viña se consideraron necesarios para el sustento y mantenimiento del párroco y fueron exentas de subasta.

Otros sucesos acaecieron por estos años en los alrededores de nuestro pueblo. El 22 de junio de 1838, «una facción carlista, partiendo de los montes de Gavilanes y en número de 500 hombres al mando del cabecilla Blas García «Perdiz» asalta y quema cuarenta y cuatro casas de las mejores de Arenas de San Pedro, perdiéndose 2.000 cántaros de aceite y grandes existencias de vino y aguardiente, dañándose igualmente las tinajas para su entroje (Archivo Municipal de Arenas, legajo 53). El 5 de julio, la misma partida saquea Ramacastañas, dando muerte a los soldados de la Milicia Nacional que les opusieron resistencia, amparándose a continuación en la vecina sierra.

Otro guerrillero carlista que operaba en nuestra sierra fue Juan Santos, apresado por las cuadrillas de voluntarios y ejecutado en Ávila. Acontecimiento triste fue la declaración del cólera morbo («El garrotillo»), que afectó a todos los pueblos de nuestra comarca, causando en ellos, y muy especialmente en su población infantil, gran mortandad. En fin, que el siglo se despidió de Gavilanes tal y como empezó, con guerras en Marruecos, Cuba, Filipinas, cólera morbo… Total, un venturosa siglo.

Por fin ya hemos llegado. Ya estamos en el siglo XX. Después de un viaje al pasado de nuestro pueblo en el que sin duda faltarán muchos episodios históricos y cotidianos , confío en vuestra tolerancia para los involuntarios fallos que habré de cargar a la inexperiencia y limitación de conocimientos de la tarea que me impuse al comenzar este trabajo. Ya estamos de vuelta en el presente. Pero tal vez con una idea más completa de la pequeña historia, datos, fechas y episodios de nuestro pueblo.

En el siglo XX Gavilanes se recupera demográficamente tras las depresiones de los siglos precedentes. La población del pueblo en 1900 es de 1.060 almas, en 1930 son 1.220. A mitad de siglo, en 1950, son 1.400 habitantes, que sólo una década posterior han bajado a sólo 1.000, siendo en la actualidad 850. El descenso poblacional se debe, por una parte, a una baja en la tasa de natalidad, y especialmente, en la obligada y dolorosa emigración a otras provincias en busca de trabajo. El éxodo gavilaniego, casi nulo en los treinta primeros años de siglo, va in crescendo a partir del final de la Guerra Civil, hasta llegar a los años 60, en los que familias completas abandonan nuestro pueblo y, salvo unos pocos que lo hacen cruzando el «charco» (Argentina, Perú y California), dos son los focos emigratorios principales: uno exterior, a la Comunidad Europea: Francia, Bélgica y Alemania, y otro interior, al País Vasco, Barcelona y principal y masivamente a Madrid. (Entre los cuales se encuentra este servidor de ustedes.)

Gavilanes, en los comienzos del siglo, sigue manteniendo la secular incomunicación geográfica con toda la región, hasta el punto de que a los jóvenes de ahora les costaría comprender que todavía en 1900 nuestros abuelos, si querían ir a Avila, lo tuvieran que hacer a lomos de burro o de caballo, y eso, los más afortunados, porque a los otros sólo les quedaba «el coche de San Fernando, unas veces a pie y otras andando» por caminos intransitables de montaña, o que ir a Madrid supusiera dos días entre borrico y diligencia, o que traer mercancías desde Talavera (40 Km.) un carro de vacas empleara dos días en ir y regresar. Pero no sólo en 1900, sino que muy avanzado el siglo, en 1920, las circunstancias no habían cambiado lo más mínimo. Transcribo literalmente el apartado dedicado a Gavilanes del delicioso libro La Andalucía de Avila, escrito en esos años por D. Abelardo Rivera, que, mejor que yo, describe lo que en ese entonces era nuestro pueblo:

«Gavilanes, lugar de 260 vecinos que suman un total de 1.060 habitantes, situado al pie de la estribación del monte núm. 9 del catálogo (correspondiente a la Sierra de Gredos), entre los términos municipales de Pedro Bernardo, Mijares, Serranillos y el río Tiétar, límite de la provincia de Toledo. Un camino vecinal, de herradura y próximo, lo pone en comunicación de la carretera de Almorox-Arenas de San Pedro. El pueblo es, realmente, montañoso. Empinadas cuestas; la falda de la montaña. Cuando la lluvia favorece los campos, las calles son verdaderos torrentes, que, con ímpetu, arrastran todo cuanto encuentran al paso. Consta de diez o doce calles, y las casas construidas, como en la época rudimentaria, mantienen su equilibrio por un milagro de la estática, y carecen en absoluto de la más elemental regla de higiene. Los balcones y el piso principal son de madera; las fachadas sin lucir; las ventanas microscópicas; en una palabra, la habitación es la antítesis de la campiña. Campiña feraz, con hermosos prados de verdor imperecedero, es delicia de la vista, y hace respirar a todo pulmón el aire saturado de los pinos.
Abundan los árboles, y sobre todo, los castaños, existiendo ejemplares milenarios, particularmente uno, cuyo perímetro es de unos diez metros. En verano, la sombra y frescura de estos árboles hace gratísima su estancia, bajo su copa. Ganado, maderas, resinas, vid, olivos, nogales, higueras, naranjos, hortalizas de todas clases y, especialmente, la fruta, es abundante y sabrosísima.
El agua, elemento indispensable en la vida del individuo y de los pueblos, es de una abundancia extraordinaria. Docenas de arroyos y gargantas cruzan por doquier. Agua fresca, cristalina. Pero donde la vista se recrea y contempla el grandioso escenario de la Naturaleza es en el salto denominado «La Chorrera de Blasco Chico». Una vena líquida, enorme, se precipita desde la cima del monte, estribación de Gredos, a la garganta del mismo nombre. El espectáculo es hermoso, soberbio. La mano de Dios ha volcado parte de su tesoro. Precipítase como un huracán, y con un ímpetu que, de explotarse para energía eléctrica, sería de una fuerza enorme, un venero de riquezas y un avance en el progreso, amén de las modificaciones que sufrirían estos pueblos en su medio ambiente. Verdes prados descienden desde la cúspide y hallan los ganados abundantes pastos.
La indumentaria no parece haya sufrido grandes transformaciones, a pesar del siglo en que moramos, y sigue siendo primitiva. Albarcas de fabricación casera, que antes eran de cuero, y en la actualidad son trozos de cubierta de autos, con agujeros y una tira de piel, con la que se ciñen el pie y el tobillo. Pantalón de pana, con faja enorme, que les cubre toda la cintura y parte de las nalgas. Blusa de Mahón encima. Cúbrense con amplio sombrero de filtro endurecido, con la forma de un pequeño cono, de grandes alas de borde vuelto hacia arriba, que impide en la época de las lluvias mojarse el rostro y los hombros. El sombrero es la prenda esencial. Poco falta para que duerman con él. Sólo se lo afianzan en el occipucio, y, sin haber en ello hipérbole, hay cráneos cuya conformación parece haberse modelado para tocarse con esos sombreros exclusivamente. La gente moza usa escarapelas de chillones colorines, y cuando llega la primavera, y con ella las flores adornan la campilla, decoran con ellas sus sombreros.
La mujer es más sencilla. En plena canícula viste la saya de bayeta encarnada con ribetes negros; blusa cerrada hasta el cuello, con largas y estrechas mangas. El calzado es negativo, práctico y económico, aun en detrimento de su integridad física. Usa corsé de ballena, que ciñe a su cuerpo, aprisionándole sin piedad, hasta el punto de parecer gestantes, por el desarrollo del vientre, muchas jóvenes y solteras. Es costumbre, y la costumbre… es ley, y no hay modo de hacerles comprender otra cosa. No se rinde culto a la belleza, y no hay nada que nos recuerde a Grecia en su modo de ser…
Las costumbres, no olvidando el «fervor» con que rinden culto a Baco, no pasan de cierta inocente candidez. Gustan de la música. Un gramófono, una gaita, un sencillo organillo verbenero, les hacen danzar sin descanso y sin tregua horas y más horas. A pesar de la miseria fisiológica, por la frugalidad de su alimento tienen gran resistencia orgánica, y son trabajadores y activos; laboran todo el día; cantan y bailan parte de la noche.
En las bodas, lo típico es un banquete que dure tres, cuatro y hasta cinco días, consumiendo grandes cantidades de comida y bebida, y… baile constante por la mañana, por la tarde, por la noche. Bailar con la novia un elemento ajeno a la familia, equivale a aportar unas pesetas para el nuevo matrimonio. Hay categorías, según el carácter social del individuo, y tienen otras virtudes que les hacen ser hospitalarios, honrados y buenos españoles, amantes de su Patria.»

Y no es que nuestro pueblo en la actualidad sea un dechado de perfección y comodidad digna de toda alabanza; por el contrario, soy consciente de algunos graves defectos, pero es innegable que ha experimentado evidentes y grandes mejoras. En 1928 se construye la carretera que va prácticamente por el antiguo camino de herradura hasta la Cantina nueva, que, enlazando con la comarcal 501, nos pone en comunicación abierta con Madrid por el Este y con Arenas por el Oeste. En los años 40 se abre el tramo hasta Mijares, su puerto y por el Norte con Avila. Así pues, él crónico aislamiento de siglos queda al fin finiquito. También la luz eléctrica, otra conquista de la técnica, llega a nuestro pueblo en 1935. Fue en ese año cuando se construye una pequeña central en el espléndido emplazamiento de La Chorrera, y es ese mismo año cuando, ante el asombro de todo el vecindario, se encienden las primeras bombillas eléctricas, concediendo la empresa constructora, a cambio de la cesión de aguas serranas, el disfrute gratis de una bombilla por casa (acontecimiento que no estaría de más recordar a los actuales propietarios de la Central) y gratis también el alumbrado público.

Otro logro conseguido en los 50 es el servicio telefónico, y desde 1960 cuenta también nuestro pueblo con servicio de agua corriente a domicilio y su correspondiente alcantarillado y saneamiento. En los 50 se pavimentan las principales calles, labor no interrumpida hasta estos días. Unido esto al cambio radical en la calidad y construcción de la vivienda, hace que la vida hoy en el pueblo tenga un nivel de digna habitalidad e higiene. Hoy, afortunadamente, aquella descripción de Gavilanes en La Andalucía de Ávila ha quedado desterrada definitivamente de nuestro pueblo, porque, defectos «hailos», pero con tiempo y una caña todo se pesca, creo yo.

Como veréis, he pasado por alto la indudable y triste mención de ese acontecimiento que, como en toda España, nuestro pueblo también padeció en sufrimiento y muerte. Me refiero a la guerra civil del 36, que ojalá, y así lo creo, no vuelva a repetirse nunca más entre hermanos.

Acontecimiento de la mayor importancia para nuestra exigua economía local es el desgraciado y pavoroso incendio del año 1986, que durantes tres días asoló, arrasó y convirtió en cenizas más del 80 % de nuestra masa forestal, y aunque seguidamente se procedió a su repoblación, dudo que ni nuestros hijos lleguen a ver aquel lujurioso bosque que nosotros pudimos disfrutar.

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